miércoles, 22 de abril de 2015

CONSTITUCIONALISMO Y DEMOCRACIA





 Presento aquí una reseña al libro más importante de Gerardo Pisarrello y una entrevista al autor, complementado por el video que le precede.Gerardo Pisarrello está en estos de momentos de actualidad porque si todo va bien tendrá responsabilidades importantes en el Ayuntamiento de Barcelona, ya que es el número 2 de la candidatura encabezada por Ada Colau  "Barcelona en comú".


Reseña de 

 Gerardo Pisarello

 Un largo termidor. La ofensiva del constitucionalismo antidemocrático

Madrid : Trotta, 2011

Escrito por Luis Roca Jusmet

Hay que agradecer a Gerardo Pisarello el impresionante trabajo teórico y empírico en favor del constitucionalismo democrático y en contra de la ofensiva de la derecha liberal para legitimar un poder oligárquico. El libro que comento es quizás su elaboración más ambiciosa, aunque de forma complementaria se están publicando valiosos complementos, como el anteriormente editado No hay derecho(s) (Editorial Icaria, 2001).
 El ensayo muestra la historia de como la lucha por la emancipación de los sectores oprimidos ( por su clase social, por su sexo, por su raza) se ha traducido en conquistas democráticas. Porque ya de entrada el libro plantea un buen tratamiento de lo que es la democracia: no un procedimiento formal ni un sistema cerrado sino un proceso abierto basado en la lucha por la igualdad política
. Hay que insistir, y Pisarelllo lo hace, en la diferencia entre democracia y liberalismo. Hay que recuperar figuras denostadas en la tradición republicana democrática como la de Robespierre o la del propio Marx. De esta manera el autor del libro se inscribe en esta tradición, que tiene en nuestro país a pensadores de izquierda tan potentes como Antoni Doménech, cuyo extraordinario libro El eclipse de la fraternidad es de lectura obligatoria para cualquier ciudadano de izquierdas . Como Gerardo Pisarello reconoce en una interesante entrevista ( que aparece en el sitio web Rebelión y realizada por Salvador López Arnal) que su libro es, en cierta manera, una versión sintética de temas tratados en el libro de Doménech. Lo cual no quiere decir que el libro que nos ocupa no sea riguroso y personal, que lo es. Pisarello tiene una gran poder para equilibrar los principios y los matices. Es capaz de ver las aristas de lo que trata sin caer en el relativismo, de mantener posturas claras sin dogmatismos. El constitucionalismo, nos advierte,  no es en sí mismo ni un instrumento de las clases dominantes ni un elemento emancipador. Lo que haríamos en ambos casos son reduccionismos. Lo que expresa el constitucionalismo a través de sus cambios es precisamente la correlación de fuerzas entre los dominantes y los dominados. Es dinámico como la propia lucha de clases y de los sectores discriminados ( mujeres, grupos raciales o étnicos...).
 El libro me parece fundamental porque cubre un vacío. Que yo sepa no se había tratado la historia de la democracia desde un punto de vista constitucional de una manera tan crítica y rica como lo hace Pisarello. Evidentemente la limitación de espacio ( que está bien porque no es un libro académico ni para expertos ) y la globalidad del proyecto hace que no se pueda profundizar en cada cuestión específica que va apareciendo. El recorrido histórico es exhaustivo y no permite entrar a fondo en muchas cuestiones. En este sentido mi única crítica está dirigida a la manera algo superficial como ventila el tema de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Me parece que es un tema de una importancia clave que merecía una reflexión más profunda y matizada.
 Lo más interesante del libro es la precisión con que Pisarello sabe desenredar en cada momento histórico los hilos de lo que pertenece al constitucionalismo democrático y al constitucionalismo liberal oligárquico con pretensiones democráticas. Porque finalmente el diagnóstico del libro es el más correcto : ni estamos en una democracia ni en un estado de excepción permanente o un neofascismo. Nos encontramos hoy en una deriva constitucional de tipo oligárquico que mantiene rasgos democráticos. Los matices hay que mantenerlos porque sino entramos en simplificaciones y reduccionistas que no nos ayudan en el análisis ni en las propuestas. Pero habría que entrar más a fondo en cual es la oligarquía que nos domina. Pisarello apunta certeramente a la oligarquía económica y en esta sentido aparece la contradicción entre el capitalismo y una democracia real. El constitucionalismo democrático puede existir en una sociedad capitalista pero siempre en tensión con la lógica propia del capitalismo y los intereses de los grandes propietarios y gestores. Igualmente Pisarello pone de manifiesto como los altos cargos del aparato judicial, administrativo y militar han sido históricamente elementos reaccionarios en los procesos democráticos. Pero quizás faltaría un análisis más a fondo de lo que es poder burocrático, al estilo de las aportaciones de Cornelius Castoriadis.
Es interesante que Pisarello no se centre exclusivamente en Europa y en EEUU sino que amplíe sus referencias, aunque sean puntuales, al resto del planeta ( Asia, África) y sobre todo a América Latina ( que él, nacido en Argentina, conoce bien). De todas maneras hay una alusión a la Revolución cultural de Mao en la que habría que entrar más a fondo, ya que aunque no la elogia sí parece relativizar su nefasto papel en la historia política de China. Falta aquí entrar, aunque fuera de manera polémica, con la conceptualización del totalitarismo de Claude Lefort y de Hannah Arendt.
Respecto a la relación entre el neoliberalismo económico y su relación con el anti constitucionalismo democrático es muy esclarecedor su referencia al ideólogo austríaco Friedrich Hayer. Hay aquí una análisis muy brillante de la ofensiva de la derecha protagonizada políticamente por Margareth Tatcher y Ronald Reagan, aunque valdría la pena citar el gran estudio de Sheldon S.Wolin publicado bajo el título de Democracia S.A ( Katz, 2008).
Finalmente, resaltar un estudio que me parece profundamente esclarecedor es el del proceso a través del cual se va constituyendo antidemocráticamente una Unión europea monetarista y neoliberal. Las nefastas consecuencias las vivimos hoy de una manera dramática.
 El libro es, en definitiva, un instrumento imprescindible para un estudio riguroso y crítico de la historia del constitucionalismo. Entendido este como expresión de las relaciones de poder entre el movimiento democrático emancipador y los poderes reaccionarios que, bajo ropaje liberal, nos han conducido a la sociedad oligárquica en que vivimos. Lo cual no quiere decir que no tengamos que recuperar lo mejor de la tradición liberal con cariz social y republicano, tan bien representada por John Sturat Mill.


Gerardo Pisarello, responde a las preguntas de  Luis Roca Jusmet  sobre temas de relevancia jurídica y política como la reforma constitucional en nuestro país

¿De qué hablamos cuando hablamos de proceso constituyente?
Puede definirse de muchas maneras. En un sentido técnico, es un conjunto de actuaciones que conducen a la elaboración de una nueva Constitución. En un sentido más amplio, podría verse como un proyecto que aspira a refundar las instituciones, a redefinir los derechos de la población y a replantear las obligaciones de los poderes públicos y privados.
¿Un proceso constituyente implica un cambio automático de las relaciones de poder?
De ninguna manera. Un proceso constituyente no es un mecanismo mágico que permita modificar la realidad de la noche al día. Una nueva Constitución puede suponer un cambio en las reglas de juego institucionales, pero eso no implica una mejora inmediata en la vida de las personas.
¿Y qué haría falta para asegurar esta mejora?
Hacen falta muchos elementos que escapan a una Constitución: otras leyes, otra administración, cambios profundos en el poder judicial, el desarrollo de formas solidarias, cooperativas, de producción, de gestión de los bienes comunes y públicos.
¿Y la participación ciudadana?
Sin duda. Un proceso constituyente democrático debería verse, sobre todo, como una herramienta plural, diversa, de autoorganización y autoeducación popular.
¿Un proceso constituyente es por definición democrático?
No, no tiene por qué serlo. Puede ser democratizador, pero también puede ser autoritario o elitista. Desde el punto de vista formal, puede implicar a sectores amplios de la sociedad, a los estratos populares, a la mujeres, o bien realizarse desde arriba, bajo la vigilancia de las élites que gobiernan o de grupos de poder no sometidos al control de la ciudadanía, como ocurrió en buena medida con la Constitución de 1978 o con el proyecto de Constitución Europea de 2004. Desde el punto de vista del contenido, un proceso constituyente –o la Constitución que resulte de él–, serán más democráticos mientras más contribuyan a distribuir el poder político, económico, social y cultural.
De ahí la importancia de la participación a la que se aludía antes.
La participación o la incidencia popular son decisivas. Para comenzar, en la fase destituyente del orden previo, es decir, en el cambio de correlación de fuerzas que permite desplazar, por presión social o por vía electoral, a los poderes existentes e imponer otros nuevos. En segundo lugar, en el momento de apertura del proceso constituyente propiamente dicho.
Es decir, cuando se rompe con la Constitución antigua y se comienza a elaborar la nueva.
Exacto. Cuando se plantea la necesidad de convocar una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Constitución. La participación de la ciudadanía en las medidas políticas y sociales que se adopten en esta fase, en la Asamblea y en los proyectos de Constitución que se discutan, es fundamental para la configuración del régimen político y económico futuro. Y también lo es en el momento de ratificación de la Constitución adoptada, que puede implicar una o más consultas a la población sobre las cuestiones previamente discutidas.
¿Y cuándo se suele poner en marcha un proceso constituyente, de ruptura?
Las situaciones pueden ser variadas. Por ejemplo, cuando un pueblo o una comunidad política deciden constituirse formalmente en un Estado o en una nueva República. Este fue el caso de los Estados Unidos, en 1787, y de muchas repúblicas nacidas de procesos anticolonialistas o independentistas a lo largo de los últimos siglos. También puede abrirse camino cuando una comunidad política es cuestionada de manera lo suficientemente radical como para exigir nuevas formas de organización institucional y social. Así ocurrió durante la Revolución francesa, o con los procesos de ruptura que siguieron a la caída del fascismo y otras dictaduras, en Italia o Portugal.
¿Y más recientemente?
Ahí tenemos los ejemplos de América Latina, del Norte de África o de Islandia. Aunque no siempre han sido procesos constituyentes exitosos. En Islandia, por ejemplo, la ciudadanía forzó dos referendos para no pagar la deuda de las entidades financieras, se juzgó a algunos políticos y banqueros, pero no se pudo aprobar una nueva Constitución. Con todo, la idea de proceso constituyente no ha perdido vigencia. Se habla de ruptura democrática en Chile, en Colombia.
¿Y en España?
La Constitución española nació con condicionamientos y deficiencias innegables. Pero contenía algunas promesas garantistas y admitía lecturas abiertas, flexibles. Hoy queda muy poco de todo eso. Los derechos sociales y las libertades civiles son conculcados sin rubor y las interpretaciones más democráticas del texto de 1978 se arrinconan. Diría que no solo no hay evolución, sino que asistimos a un auténtico golpe deconstituyente.
¿Y qué se puede plantear ante una situación así?
Muchas reformas urgentes podrían acometerse sin necesidad de cambiar la Constitución. Una mayoría legislativa similar a la del Gobierno actual podría plantear el rechazo de la deuda ilegítima, frenar el drama de los desahucios, revertir la contrarreforma laboral o ampliar los mecanismos de participación ciudadana. Lo que ocurre es que una mayoría que se atreviera a hacer algo así tendría que plantearse, sin mucha dilación, la apertura de un proceso constituyente.
¿Eso quiere decir que la reforma constitucional carece de sentido? 
Si la reforma, e incluso una Asamblea Constituyente, la pudieran instar los propios ciudadanos, como se prevé en Bolivia o Ecuador, quizás tendría sentido. Pero no es el caso español, que solo permite cambios que cuenten con el consenso de los dos partidos mayoritarios. Hoy mismo, ese acuerdo no existe, y cuando se hacen propuestas, muchas son más regresivas que las planteadas por los sectores más conservadores durante la transición. Una reforma constitucional democratizadora, en realidad, exigiría la existencia de una clase política muy diferente a la actual.
¿Este debate sobre la posibilidad o la necesidad de un proceso constituyente coincide con la exigencia de una consulta en Cataluña? ¿Es posible dentro del marco constitucional actual?
Si hay voluntad política, la consulta es jurídicamente viable, sin necesidad de reformar previamente la Constitución. El Gobierno ha optado por una oposición cerril, que no hará desaparecer este reclamo. En mi opinión, una salida limpia a la cuestión territorial solo puede pasar por el reconocimiento previo del derecho a decidir, que no es sino una lectura actualizada del derecho a la autodeterminación de los pueblos. En la oposición antifranquista esto estaba muy claro, y se sabía que se aludía, ante todo, al caso de Cataluña, el País Vasco y Galicia.
¿Y Europa?

Muchas de las políticas antisociales, deconstituyentes, vienen de la Unión Europea. De ahí que un proceso de ruptura democrática en un solo país tenga un recorrido limitado. Hacen falta, pues, nuevas alianzas constituyentes supraestatales, sobre todo entre los países del Sur de Europa. Eso e impulsar, antes de que sea demasiado tarde, un auténtico proceso constituyente europeo que revierta la deriva oligárquica y autoritaria a la que estamos asistiendo hoy.

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