viernes, 17 de junio de 2016

TONY JUDT, UN DIGNO DEFENSOR DE LA SOCIALDEMOCRACIA





 Escrito por Luis Roca Jusmet

Uno de los grandes neurocientíficos vivos, Antonio Damasio, considera la eclerososis lateral amiotrófica ( E.L.A.) como una de las dos enfermedades neurológicas más crueles. En esta enfermedad, que es una afección degenerativa del cerebro, los pacientes pierden gradualmente la capacidad de moverse, de hablar, y al final, de tragar, todo ello sin perder la conciencia. Tony Judt, un brillante historiador del siglo XX que ha escrito libros de historia muy interesantes, padeció esta enfermedad hasta su reciente muerte.
  Lo que resulta impresionante, como gesto trágico y catártico al mismo tiempo, es que Judt escriba un libro ( El refugio de la memoria ) como una manera de vivir a través de sus recuerdos frente  frente al implacable proceso degenerativo de su enfermedad, que le impide disfrutar el presente, es decir, su cuerpo actual. Consciente de sí mismo y de la lógica implacable del proceso quiere salvar lo poco que lo que le queda de vida a través del recuerdo. Con este trabajo sobre la memoria consigue que el recuerdo reviva en el presente.
  Tony Judt deja constancia de su deterioro progresivo y de las consecuencias cotidianas, terribles que le suponen. Después va analizando libremente, sin seguir unas pautas que le puedan coaccionar, diferentes aspectos de su vida. Este testimonio tiene un valor personal inmenso, como testimonio de una grandeza de carácter que le permite mantener una vida mental activa en unas circunstancias tan duras. Literariamente Judt escribe bien y la lectura de su libro es fluida. Pero el interés que tiene el texto, más allá de lo dicho anteriormente, es que Judt es un buen testimonio de una generación de la izquierda, la de los europeos nacidos poco después de finalizar la Segunda Guerra Mundial ( 1948). Hay más detalles biográficos específicos, por supuesto, como el de ser de origen judío y el haber nacido en una familia humilde de Londres. Pero hay en Judt una veracitat, una voluntad de ser lúcido consigo mismo, con los demás y con su época que hacen de el libro una lectura muy sugerente. También resulta, en mi opinión, un elemento fundamental la tensión que hay entre su formación y vida académica y sus experiencias personales. Judt no es "una rata de biblioteca" sino un hombre muy vital que no se conforma con el prestigio académico. Quiere vivir las cosas por sí mismo y tiene además un compromiso de izquierda que lo hace muy atractivo con los que podemos identificarnos con él. Hay una ironía que se trasluce en temas como el de la corrección política en EEUU o los izquierdismos estudiantiles de los años 60 y que contrasta con la seriedad con que trata cuestiones como la disidencia en los países del Este en los años 80.
 Una parte autobiográfica que me ha resultado especialmente clarificadora que es la de su experiencia de los kibbutz de Israel. Creo que es un tema sobre el que la izquierda no ha definido mucho por lo espinosa ambivalencia hacia el pueblo judío. Judt habla desde sus vivencias y desde una distancia crítica que siempre le acompaña y que lo diferencia de cualquier converso. Pero faltan, evidentemente, referencias al pueblo palestino. También resultan sugerentes algunas reflexiones sobre la Universidad, aunque quizás mantienen una cierta concepción elitista. Es interesante que Judt tenga la coherencia de defender la tradición socialdemócrata en un momento en que padece tanto descrédito.
 Su línea está dentro del excelente planteamiento de Immanuel Wallernstein de un ciencia social histórica ligada a una posición éticopolítica. Es decir, que un científico social debe pronunciarse y definirse en la narración de los hechos que presenta. Judt lo hace con su decidido apoyo a la construcción de los Estados del Bienestar, siempre desde una perspectiva razonablemente igualitarista y democrática. Denuncia la infamia de la política neoliberal que desmonta estas conquistas cargándolas sobre las espaldas de los trabajadores. Nos da abundante información empírica para apoyar su planteamiento. El historiador, que ha estudiado en profundidad la disidencia en la Europa del Este en otros lugares, concluye que la experiencia comunista es un fracaso histórico. Ironiza sobre las corrientes de la nueva izquierda que aparecen a partir de los años 60 en Europa y en EEUU, reduciéndolo a la defensa de un liberalismo radical de jóvenes universitarios de procedencia burguesa. Aquí es demasiado unilateral, nos hace perder excelentes contribuciones teóricas y prácticas para pensar en el futuro de la izquierda.
 Nos presenta los malestares sociales actuales como consecuencia de un mundo desgraciadamente perdido, que era el de las políticas socialdemócratas, en la que había una buena consideración ciudadana de lo público. Pero aparecen muchas preguntas : ¿ Si queremos ser justos no tendríamos que enmarcar esta riqueza en la división entre países centrales y países periféricos, que son los que en cierta parte lo hacen posible a costa de su explotación ? ¿ No tendríamos que analizar más a fondo el precio ecológico que ha supuesto esta riqueza ? ¿ Cual ha sido la responsabilidad de las políticas socialdemócratas en el mantenimiento de esta división y en la destrucción del medio ambiente ? ¿ Y en las guerras de países africanos ? Son preguntas dispersas pero que llevan a cuestionar la política socialdemócrata como proyecto emancipa torio. ¿ No sería mejor considerar que la socialdemocracia, igual que el comunismo ha fracasado como proyecto emancipatorio ? ¿ No sería más conveniente considerar que es necesario y urgente construir otro proyecto aceptando lo que hay de aprovechable en la experiencia histórica de todos los movimientos inicialmente emancipatorios ? Pero Judt insiste en mantener la palabra socialdemócrata, vinculado a una experiencia política que ha conducido a plegarse totalmente al neoliberalismo y a desaparecer como alternativa. No quiere utilizar la palabra socialismo para no asustar a los ciudadanos. No quiere criticar abiertamente el capitalismo para no levantar el fantasma del comunismo y el recuerdo del socialismo real. 
  Pienso que es Wallernstein el que nos plantea el análisis más lúcido del Capitalismo como Sistema-Mundo en el que domina la lógica de la acumulación y tiene el Estado como instrumento para conseguirlo. El problema no es el mercado, el problema es la acumulación de capital como motor del sistema. ¿ Donde aparecen, por ejemplo, las multinacionales ? Efectivamente el Estado cristaliza la lucha de clases y es ambivalente pero si no combatimos la lógica del capitalismo y sus centros de poder el Estado del Bienestar no es posible más que coyuntural mente, como de hecho lo ha sido. Hay también en Judt una confusión propia de la socialdemocracia entre liberalismo como sistema parlamentario y democracia en su aspecto fuerte. Este segundo sentido también es incompatible con la democracia. De hecho la socialdemocracia ha contribuido, tanto como los partidos de derecha, a crear una casta burocrática de políticos y sindicalistas burocráticos que también han perjudicado mucho el movimiento democrático real. Y en la construcción de un Estado muy alejado de los ciudadanos.
 Estas críticas, de todas maneras, no son para cuestionar la posición política de Judt sino para matizarla, para enriquecer el debate que el mismo autor nos presenta. Su estilo abierto, poco dogmático y muy crítico, contribuye precisamente a ser un buen material para la reflexión colectiva de la izquierda. 
 La obra de Judt es, en resumen, un documento más, necesario y útil, a partir del cual pensar la necesaria reconstrucción de una nueva izquierda democrática, que solo puede se socialista en el sentido amplio de la palabra.

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