martes, 5 de mayo de 2015

PENSAR Y VIVIR


 



 Escrito por Luis Roca Jusmet

 Iniciaré la reflexión a partir de la introducción del libro de Georges Canguilhem El conocimiento de la vida, que fue publicado por Anagrama en 1971. Mi amigo Francisco Vázquez García, el mejor conocedor de Canguilhem en nuestro país, ya me advirtió de la paradoja de que su interesante traductor, el médico catalán Felipe Cid, hizo una pésima traducción del libro. Lo he notado sin necesidad de cotejarlo con el original.

 Lo primero que afirma Canguilhem es que no hay conflicto entre conocimiento y vida. El conocimiento es un desarrollo de la vida, no una oposición a la vida. Es la consecuencia de algo específicamente humano que es la conciencia. La conciencia, de alguna forma, nos separa del mundo.
Aquí hay que aclarar lo que quiere decir conciencia y para ello podemos recurrir a un neurocientífico posterior a Canguilhem que es Antonio Damasio. Éste  ya nos argumenta, sobre las bases de los conocimientos de la neurociencia actual, que la conciencia es, por definición, autoconciencia o conciencia de sí. Es decir, que cuando hablamos de conciencia no nos referimos a la percepción, sino al darnos cuentas que somos un cuerpo que percibe y que siente. Este darse cuenta implica un movimiento no solo reflexivo de volver sobre uno mismo sino otro previo de constituirse como sujeto, es decir como un sí mismo. Este cierto desagarro del hombre al sentirse separado de la totalidad de la que forma parte le permite tomar una distancia que le permite reequilibrar su relación con el entorno. Y lo hace a través del pensamiento, que le permite conceptualizar. Conceptualizar quiere decir dar forma a la materia de la que formamos parte. Como sujetos ya adquirimos una forma diferente del entorno pero a través del concepto captamos formas comunes Conocerse es construir, pero no de manera arbitraria, como dirían los ficcionalistas, sino siguiendo las huellas de las formas reales.  Canguilhem no es nominalista ni tampoco  es empirista.  Construimos al conocer pero queremos hacerlo mostrando los procesos reales de las cosas. Lo hacemos construyendo conceptos, que son formas lógicas que se aproximan a las formas reales.

 Canguilhem nos sitúa en la tradición epistemológica y ontológica más interesante. Es el cruce entre le racionalismo vitalista y el realismo crítico. racionalismo vitalista quiere decir que entendemos la racionalidad como una manifestación de la vida y no como algo que se contrapone a ella. La razón es la vida reflexiva, la vida que se distancia de sí misma. Pero la razón implica un trabajo que no es la espontaneidad de la intuición empírica del sentido común. El racionalismo es platónica en la medida que nos enseña que, más allá de lo individual y lo concreto, existen formas comunes y permanentes que hemos de descubrir. Estructuras que son dinámicas pero que existen como tales. Esto es lo que capta el concepto desde Sócrates. Es realista crítico en la medida que parte de formamos parte de una globalidad que nos supera, en la que estamos inmersos y que somos una parte de esta realidad que quiere comprenderse. No somos un sujeto que construimos un mundo sino somos una parte del mundo que construye para entenderlo. Cuando Descartes parte del sujeto pensante y sus evidencias solo puede salir del solipsismo afirmando la existencia de Dios como garantía del mundo físico y de su propio cuerpo. En contra Spinoza no parte del sujeto sino de la Substancia, de la Naturaleza, del Ser. A partir de esta afirmación previa la razón entiende pero es una razón vitalista animada por el deseo.
 Pero el realismo no es la constatación  ingenua del empirismo. Es el realismo crítico de Kant, que entiende el conocer como este trabajo del sujeto para constituir objeto de conocimiento. Es decir como una relación que establece el ser humano con el mundo de que forma parte en la medida en que se constituye en sujeto y as í mismo y los otro como objetos. Canguilhem es un buen representante de esta tradición que no se limitar a repetir al maestro sino a trabajarlo de manera crítica. Ian Hacking sería hoy un buen representante de este realismo crítico.

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