domingo, 24 de julio de 2016

NARCISISMO Y ESTRUCTURAS CLÍNICAS EN LACAN





Escrito por Luis Roca Jusmet


  Jacques Lacan plantea que la teoría del yo más fiel con el genio freudiano hay que abordarla desde dos aspectos claves: desde el yo corporal y desde las identificaciones. Esta declaración de principios la enfrenta radicalmente con otra interpretación del psicoanálisis centrada en la psicología del yo, entendido éste como la esfera libre de conflictos, el elemento mediador  que la cura psicoanalítica ha de reforzar. En este sentido un yo fuerte sería la garantía de una buena adaptación y, por tanto de una vida satisfactoria, es decir, sana. Para Lacan, por el contrario, lo que tiene que hacer el yo es abrirse al ello, no intentar dominarlo.  Si rastreamos directamente en Freud comprobamos que su teoría del yo es muy compleja que puede ser interpretada de varias maneras. A partir del “Proyecto para una psicología para neurólogos”, la noción de yo constituye uno de los hilos conductores de su elaboración teórica, que formula básicamente en  “Introducción al narcisismo” y  “El Yo y el Ello”. Pero no hay que olvidar otros escritos interesantes como “Duelo y melancolía”, “Psicología de masas y análisis del yo” y “”La escisión del yo en el proceso defensivo.” En todo caso lo que sí puede afirmarse es que hay una serie de elementos que son indiscutibles en la teoría freudiana del yo (y la diferencia de interpretación está en como se articulan todos estos aspectos): El yo es una instancia psíquica diferenciada del ello y del superyo y es el producto secundario de una acción psíquica específica y no de una derivación biológica espontánea.  El yo tiene una función mediadora  respecto a la prueba de realidad  (a la que nos someten las exigencias del entorno y de los otros) y a las tensiones internas ( derivadas de la presión contradictoria del ello y del superyo). Las identificaciones son un elemento constitutivo del yo y una función reparadora de las pérdidas de aquellos a los que amamos. El yo tiene una función unificadora de los límites corporales (la superficie del cuerpo, la envoltura corporal) y es la proyección del organismo en el psiquismo El yo es objeto de la líbido a través del narcisismo (El mito de Narciso, como sabemos, es el amor a la imagen de sí mismo) que se inscribe por lo tanto directamente en el 
 registro del  imaginario.
 Si vinculamos el yo con el imaginario es básicamente porque funciona a través de las identificaciones, aceptando la definición lacaniana de que una identificación es la transformación de un sujeto a partir de una imagen. En esta línea el yo percibe imágenes que una vez recibidas e inscritas conforman su propia sustancia. Podemos ampliar la definición de identificación a partir de la que aparece en el diciionario de Laplanche :El proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones.  Para Freud la identificación es un movimiento de absorción que va hacia el otro  y que puede llevar hasta el límite de querer devorarlo psíquicamenteComo ejemplo podemos recordar cuando en la película El hombre que mató a Jesse James, éste le pregunta a su futuro asesino (que  le admira de una forma absoluta): ¿Quieres ser como yo o quieres ser yo ?  Habitualmente esta identificación se puede realizar de dos formas diferentes: como deseo consciente de ser como el otro o como deseo inconsciente de ser el otro, en el que éste ser puede identificarse con sus rasgos visibles o con algo mucho más increíble e inquietante: su fantasma inconsciente
 La identificación designa entonces en Freud la formación del yo, porque somos la memoria de los seres que hemos perdido y con los que nos hemos  identificado apropiándonos de algún aspecto que les pertenece. Lo que explica por tanto que seamos lo que somos es un precipitado de identificaciones que vamos realizando a lo largo de nuestra existencia, pero cuyas raíces establecemos en la infancia. Freud trata la identificación  a partir de la clínica en un texto relativamente tardío que es “Psicología de masas y análisis del yo”, en cuyo capítulo VII analiza la identificación histérica como una posición femenina de identificación, en la que la que se quiere atraer al Padre  identificándose con un rasgo la Madre o bien identificándose con él. Lo que busca la histérica con esta identificación es o bien ocupar el lugar de la Madre para atraer el Padre o bien ser ella como el Padre. Tenemos así los dos tipos de histeria: en el primer caso una mujer dominada por un síntoma  y en el segundo una mujer masculinizada.  Pero hay que diferenciar claramente esta identificación con la identificación melancólica, que tiene un carácter narcisista porque la carga amorosa del objeto vuelve al yo. En la identificación histérica, en cambio, la carga del objeto se mantiene y por tanto nos identificamos no con el otro sino con algo suyo, por lo que el éste se mantiene independiente de nosotros con una carga amorosa que depositamos en él. En realidad hay en esta identificación algo paradójico, porque conservamos el objeto y por lo tanto nos identificamos con algo de alguien que permanece fuera de nosotros. A partir de estas reflexiones Freud intenta explicar un fenómeno contemporáneo que es el de la psicología  de masas y lo hace a partir del vínculo que une al individuo con la masa a través del Ideal. Lo que hace éste es ocupar simbólicamente el lugar del objeto amado de la masa y así puede unificarla a su alrededor. El líder, al que idealizan como encarnación de este Ideal, ocupa entonces también un lugar paradójico, ya que el individuo que forma parte de esta masa lo considera como al mismo tiempo una parte de sí mismo y por otro lado alguien que está afuera a quién engrandece idealizándolo. Freud pensaba en  el ejemplo de Hitler, cuyo modelo se ha repetido una y otra vez con líderes más contemporáneos como Mao o Milosevic. Este mecanismo es opuesto al del enamoramiento, ya que aquí se empobrece el sujeto en proporción inversa al engrandecimiento del objeto amado. Este último queda idealizado y nunca nos identificamos con él porque se mantiene como objeto independiente al que queremos poseer y que siempre será inalcanzable. 

  Lacan es el que trabajará más a fondo la cuestión del yo como identificación imaginaria (estrechamente vinculada a la imagen corporal) a partir de su teoría del estadio del espejo. Irá reelaborando esta idea en relación con las modificaciones del concepto de  imaginario que va elaborando a lo largo de su obra. Ya en el año 1936 en su texto “Más allá de la realidad”, escrito el año 1936, planteará la imagen  como la cuestión nuclear de la psicología. Este texto queda recogido en sus Escritos, al igual que “El estadio del espejo como formador del yo” y “La agresividad en psicoanálisis”, todos de los años 40, y donde irá elaborando en profundidad su teoría del estadio del espejo. La clave del planteamiento es que la identificación imaginaria es básicamente una identificación especular. Es el  reconocimiento que hace el niño en el espejo (entre los seis y los dieciocho meses) el que permite dar forma, es decir imagen, a un cuerpo desmembrado. Lacan elabora esta noción a partir de las observaciones del comportamiento de los bebés ante el espejo y de los estudios de etología sobre el mimetismo animal. También serán fundamentales los estudios científicos del biólogo Bolk sobre el carácter prematuro, incompleto, del cachorro humano. Esta condición de desamparo funcional en la que el bebé se encuentra sin recursos frente a la presencia primera del Otro.  Este análisis lo relaciona con los estudios de conducta animal de Lorentz, en que, a partir del experimento de utilizar  estímulos artificiales (señales) éstos funcionan como la impronta  que determinará los ciclos instintivos del animal y posibilita las pautas de acción para moverse en un medio determinado. La imagen funciona, por tanto, como una forma que tiene una pregnancia en la medida en que el animal se reconoce en ella.
  Lacan constata este primer momento constitutivo del yo que es el que se realiza a partir de la identificación del niño con la imagen que capta en el espejo, que en un primer momento confunde con el otro. En un segundo momento ya entiende que es una imagen pero considera que es la del otro. En un tercer momento identifica finalmente la imagen como la suya. Al reconocerse como una unidad encuentra una identificación primordial cuando todavía no ha desarrollado su esquema corporal. El yo como entidad imaginaria, en el caso humano, se constituye a partir de estas imágenes pregnantes, es decir, de estas imágenes en que nos reconocemos porque tienen un sentido ligado al yo, primera expresión del narcisismo. En cierta manera lo que hace Lacan con su teoría del estadio del espejo (que irá madurando a lo largo de su obra) es ir eliminando la diferencia establecida por Freud entre la teoría del yo corporal y la del yo como identificación. Hay que relacionar este trabajo teórico de Lacan, con su noción de cuerpo, que definirá como un organismo más una imagen. El cuerpo humano, que es la imagen que tiene un organismo con conciencia de sí, es una realidad secundaria. Está construida desde nuestro psiquismo y no tiene nunca el carácter innato de una realidad física primaria. Con esta noción de cuerpo Lacan nos plantea como hilo conductor que el organismo vivo, lo viviente, no es nunca suficiente como para constituir un cuerpo, ya que hace falta el registro imaginario. Pero no sólo éste ya que también necesita lo simbólico,  Y más adelante, cuando domine en la teoría lacaniana lo real sobre lo simbólico y el imaginario  el cuerpo será de un cuerpo de goce, inaccesible a la imagen y a la palabra.

La función imaginaria del yo es ambivalente, ya que por una parte es necesaria para la constitución de la imagen unitaria del yo pero por otra se transforma en autoengaño al ocultar su división real.
 En los escritos y seminarios de los años 50 es cuando Lacan señala la presencia fundamental y constituyente de lo simbólico en este proceso. Por una parte porque hace falta un Otro que te reconozca a través de su mirada. Sin este Otro no se realiza este narcisimo primario. 
puesto que para dar cohesión a una individualidad orgánica se necesita la categoría lingüística de Uno, con lo cual el cuerpo adquiere también tiene una dimensión significante.
Pero lo importante no es la identificación imaginaria, es decir el narcisismo primario, sino la identidad simbólica, es decir el narcisismo secundario.La identidad simbólica viene por la identificación de un rasgo unario del Otro y la interiorización de un Ideal del Yo que nos permite enraizar un significante que sirva de enclave (S1) para la serie de los otros significantes (S2,S3...) a través del cual salir de la fascinación de las identificaciones imaginarias. En el ámbito del imaginario no hay salida, ya que hay que trascender la agresividad primaria (constitutiva inicial) a partir de lo simbólico, que es la mediación que permite el pacto, la pacificación.   Justamente el ideal de Yo funciona como la metáfora paterna, como el significante que colocamos en lugar del significante faltante, el falo de la madre. De esta manera parece con la represión primordial que constituirá, más allá del yo, el sujeto. Sujeto de la enunciación, es decir el sujeto que habla desde una posición, un lugar simbólico, y al mismo tiempo el sujeto del deseo reprimido, del inconsciente.
 Pero si no hay esta represión, que da lugar a la estructura neurótica, tenemos una estructura clínica perversa o psicótica. Para Lacan o somos neuróticos, o perversos o psicóticos. No hay más. Como dice Recalcati la clínica de la falta es la clínica de la represión. Es la castración simbólica, totalmente necesaria. Pero si no hay esta castración simbólica tenemos la negación del perverso, que niega la falta del falo y se identifica con él, quiere ser el instrumento del goce del Otro. O bien la forclusión del psicótico, que tiene un agujero que no puede tapar con la metáfora paterna, porque no ha interiorizado un Ideal, no tiene identidad simbólica.
 Pero hoy vivimos precisamente, como bien apunta Recalcati, la clínica del vacío en un entorno de forclusión generalizda, en el que la caída del Padre conduce a la falta de Ideal. No son ahora las clínicas de la falta las que predominan ( síntomas o defensas contra lo síntomas) sino las del vacío : adicciones, anorexia... no hay Otro. Son alteraciones narcisistas. En algún caso perversas o de neurosis narcisistas por definir pero más bien parece que esta falta de identidad simbólica conduce a psicosis ordinarias. Porque no olvidemos que la metáfora delirante ( del paranoico, por ejemplo) puede ser una defensa frente a la devastación psíquica del psicótico, que sería la esquizofrenia. Pero las psicosis ordinarias, las psicosis no declaradas pueden ser compensadas por identificaciones imaginarias absolutas, que son como una especie de esparadrapo que tapa el agujero que tiene el psicótico por ausencia de identificación simbólica (El Nombre del Padre.). En este caso el sujeto permanece prisionero de la relación especular y su identidad depende totalmente de la identificación narcisista con su Yo Ideal. Es una identificación masiva, integral, absoluta (no de un rasgo como la histeria) que nos lleva a una identificación mimética con la imagen con la que nos identificamos, que intentamos reproducir íntegramente. Hay una insuficiencia estructural del Ideal del Yo,  que es el único que nos puede dar una consistencia y una identidad permanente en la que anclarnos. Podemos recordar aquí la película Zelig de Woody Allen como la escenificación más gráfica de lo que es esta compensación imaginaria que lleva al sujeto a adaptarse  totalmente a aquellos con los que está, hasta el punto de una transformación  física espontánea. Quizás los fundamentalismos puedan explicarse a partir de aquí. Pero también es posible una suplencia simbólica, más sólida que la imaginaria, a través de la escritura y el nombre propio, como el caso de Joyce comentado por Lacan. Todo un campo para investigar.









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