jueves, 5 de septiembre de 2013

¿ PODEMOS SABER LO QUE SENTIMOS ?

 

 
La expresión y lo interno


David H. Finkelstein
( traducción de Lino san Juan)

KRK, 2010

 Artículo escrito por Luis Roca Jusmet

   David L. Frinkelstein, que podemos situar en el campo de la filosofía de la mente, es un lector heterodoxo de Wittgenstein. El tema que da inicio a la reflexión es apasionante : ¿ Cuál es la base de la autoridad de una persona para considerar que el que sabe más sobre sus estados internos es él mismo ?. A partir de aquí continua el sugestivo trayecto : la relación entre pensamiento y lenguaje, entre percepción y concepto, la diferencia entre mente humana y animal, entre lo consciente e inconsciente. 
 La pregunta radical es, por supuesto, que es lo que entendemos por mente y cómo podemos acceder a ella. El punto de partida es Wittgenstein, que cómo sabemos es uno de los filósofos más potentes del siglo XX, y sus Investigaciones filosóficas. Hay una crítica a sus lecturas más habituales y ortodxas, que son las de John McDowell, Saul Krike y Crispin Wrigth. Así, Finkelstein quiere superar las limitaciones de lo que él llama el detectivismo y el constitutivismo.
La primera opción considera que accedemos a los estados mentales a partir de una especie de percepción interna. La segunda, que los estados mentales los construimos mientras los elaboramos con nuestros conceptos. Para Frinkelstein ninguno de estos planteamientos, ni siquiera el sendero intermedio entre ellos, nos da una buena solución. En el primer caso porque nos remite finalmente a un dualismo, porque considera que hay una especie de órgano inmaterial, la conciencia, que es quien la ejerce. Defiende la intimidad de este autoconocimiento pero a costa de renunciar a un materialismo naturalista. Pero en realidad hay un viejo y un nuevo detectivismo, que se corresponde con las dos etapas de Bertrand Russell. El primero se corresponde con lo expuesto en su libro "Problemas de la filosofía"( publicado en 1912). Se basa en la diferencia entre los datos sensoriales y los objetos físicos. De esta manera la percepción externa sería de los datos sensoriales y a través de ellos de los objetos físicos y la percepción interna de los estados mentales. Es decir, que la diferencia entre la percepción interna y la externa es que los primeros son inmediatos y los segundos mediatos. Constituye un cierto solipsismo, ya que el mundo externo lo deducimos a partir de los datos sensoriales. Pienso que hay una base cartesiana desde la cual no es posible una ontología radicalmente materialista. El segundo Russell es más empirista. Tenemos una experiencia sensible de la que partimos. Incluso las sensaciones y emociones forman parte de ella. A partir de aquí deducimos lo que ocurre en el mundo o en nuestro interior ( por ejemplo, un deseo).En todo caso el detectivismo no da, para el autor del libro, una respuesta satisfactoria. Esta percepción o sentido interno es, para Finkelstein, es una entelequia conceptual poco clara y empírica.
 Tenemos el constitutivismo. Lo que viene a plantear es que nosotros construimos el estado mental al afirmarlo. Es decir, que de alguna manera lo constituimos con la decisión de constatarlo. Dentro del constitutivismo hay una opción más moderada que considera que es el acto mental el que lo constituye y para el más radical sería el acto del habla que lo transforma en algo público. A partir de este planteamiento el sujeto tiene una cierta responsabilidad de sus estados mentales ( sean, deseos, pensamientos o incluso sentimientos).
 Hay una tercera opción, que sería la intermedia de McDowell, otro seguidor de Wittgenstein. En este sentido considera que la espontaneidad de nuestros juicios ( incluso los de estados mentales) está limitado por la receptividad sensorial ( externa o interna). Los conceptos organizan pero no crea las experiencias, como vienen a decir los constituvistas. Pero la experiencia es también una actualización de nuestras capacidades. Aquí se cuestiona el Mito de lo Dado, es decir de un mundo externo independiente de nuestra conciencia. Rorty y Davidson son los que harán las críticas más radicales a este mito, considerando ficticia la base de su formulación. El conocimiento no es una descripción empírica sino la construcción de un espacio lógico. 
 Pero hay que salirse del callejón sin salida de estas formulaciones recurriendo a otra noción, que es la de expresión. Cuando hablamos de un estado mental no hacemos una aserción sobre un hecho sino una expresión sobre él. Esto no quiere decir, siguiendo a Wittgenstein, que no sea también asertiva y por tanto que pueda considerarse verfdadero o falso. Es decir que cuando expreso no opino sobre este estado pero lo que expreso será verdadero o falso en la medida en que sea realmente una expresión de lo que siento, quiero o pienso o bien puede ser algo que nos inventamos al decirlo.
 Finkelsntein considera que el punto de partida es que nuestras afirmaciones sobre los estado mentales internos son radicalmente diferentes de las que hacemos sobre realidades externas. Lo que plantea el filósofo es que lo que él llama la autoadscripción psicológica ( que es lo que hacemos cuando decimos lo que nos pasa) tiene una doble dimensión, a la vez asertiva y expresiva. Esto quiere decir, por una parte, que no podemos decir si estas afirmaciones son verdaderas o falsas. Pero por otra hay que entender cuál es su función expresiva. Para hacerlo hay que recurrir a una importante aportación de Wittgenstein, la de los juegos de lenguaje o formas de vida. Una afirmación sobre un estado mental hay que entenderla desde el lugar que ocupa en nuestras vidas, en nuestro contexto vital.
 Este ensayo tiene todas las virtudes y limitaciones de la filosofía analítica. Sus virtudes : un estilo austero, una argumentación lógica y precisa, el someterse a los datos empíricos sin caer en especulaciones poco consistentes. También está bien la utilización de una retórica que quiere desmarcarse de lo literario y someterse las reglas de la lógica de manera implacable. Pero esta autolimitación es también su defecto porque al no asumir riesgos se pierde creatividad. De esta manera el bagaje conceptual que utiliza es demasiado autolimitado y esto hace que todo el desarrollo parezca a veces muy circular y parcial. El autor no diferencia con claridad, por ejemplo, entre emociones y sentimientos, Damasio nos ha enseñado que la emoción es corporal y el sentimiento es la conciencia lingüística de esta emoción, lo cual puede aportar mucho a este debate. Tampoco, por supuesto, incorpora las apotacoiones freudianas que permiten distinguir entre el impulso y deseo ( que estaría ligado a una fantasía) ni entre la representación y su carga afectiva. Tampoco entra a fondo en el inconsciente por los prejuicios de la filosofía analítica con el psicoanálisis. noción de imaginario, que también excluye, podría enriquecer este análisis. Pero hay sobre todo una utilización muy pobre del término conciencia, en el que se profundiza poco. No la discrimina del resto de las operaciones mentales, en su sentido de autoconciencia o constitución del yo.Por otra parte cuestiono la supuesta claridad conceptual d ela filosofía analítica. El libro a veces resulta algo confuso y en el caso de su crítica al platonismo e simposible entender lo que dice. Me refiero a un lector con formación filosófica pero que no está familiarizado con el vocabulario analítico.
 El libro es, de todas maneras, potente. vale la pena el esfuerzo para cualquiera de los interesados en la filosofía d ela mente actual.

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