lunes, 4 de junio de 2012

SOBRE LA HEGEMONIA DEL DISCURSO TERAPÉUTICO


La salvación del alma moderna
Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda
Eva Illouz
( traducción de Santiago Llach)
Buenos Aires : Ed. Katz, 2010, 315 páginas

 Reseña de Luis Roca Jusmet


La sociología cualitativa proporciona hoy al ciudadano crítico elementos fundamentales para entender la sociedad contemporánea. Al lado de los más reconocidos ( Wallernstein, Sennett, Bauman...) hay sociólogos más jóvenes pero que han desarrollado ya una actividad imprescindible. Entre estos destaca Eva Illouz, nacida en 1961 en Marruecos pero profesora de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su línea de investigación pasa por lo que podríamos llamar la sociología de las emociones. Hay dos titulos anteriores, publicados igualmente por Katz ( Intimidades congeladas y El consumo de la utopía romántica) que anteceden la magnífica trilogía que concluye con el libro que nos ocupa.
Es interesante entender el sentido crítico que tiene este libro. No es crítico en el sentido de hacer una crítica desde un criterio determinado sino que lo es en el sentido de mostrar lo que hay detrás de un discurso ideológico, que en este caso es el terapéutico. No se trata de volver a la distinción absoluta de un Althusser cuando contrapone ciencia a ideología pero sí de recoger la posibilidad de un análisis racional y empírico que muestre lo que un discurso oculta. Como socióloga de mirada amplia trabajará materiales diversos, que van desde lecturas de textos hasta entrevista y, por supuesto, trabajo de campo.


Se trata de distanciarse así de aquello que al presentarse como evidente nos atrapa sin posibilidad de crítica. Eva Illouz se presenta como una socióloga de la cultura que no quiere ser una "maestra de la sospecha" ( al estilo de Foucault) sino una estudiosa del modo como el lenguaje de la terapia ha reformulado la identidad contemporánea, constityéndose a la vez como teoría y como práctica. Teoría que es utilizada para entendernos a nosotros mismos y a los otros y práctica que nos dice lo que debemos hacer. Pero no son sólo los usos individuales los que hay que analizar sino sobre todo la manera como este discurso y sus efectos han invadido las instituciones ( empresa, escuela...) y en conjunto a toda la sociedad. Es lástima que la autora no utilice una noción, la de imaginario, que podría ser clarificadora en este sentido. La autora formula una hipótesis interesante : las ideas más exitosas ( como el psicoanálisis) son las que encajan en la vida social dando sentido a las experiencias contemporáneas; proporcionan una guía delante de situaciones sociales conflictivas y son institucionalizadas y puestas en circulación por las redes sociales. Es decir, que hay un abordaje pragmático ya que son las que nos ayudan a hacer cosas, es decir a encararnos con cuestiones prácticas y darnos pautas para resolverlas. Aquí hay el aspecto postivo de una noción althusseriana de ideología tal como la recogía Terry Eagleton : la ideología es básicamente operativa. Otra hipótesis metodológica es que los cambios culturales reciclan el viejo material cultural y coexisten con él. La pregunta específica que se hace la socióloga es de que manera este nuevo discurso terapéutico rearticula creencias anteriores. En todo caso hay que remarcar que como buena socióloga Eva Illouz no solo delimita la temática y la temporalidad de su estudio sino también el espacio. En este sentido la sociedad de la que habla es EEUU pero no hemos de olvidar su papel hegemónico cultural en la sociedad capitalista globalizada y como este discurso terapéutico del que nos habla es cada vez más dominante en nuestra sociedad y especialmente en las instituciones educactivas.
Una buena parte del libro está dedicada al psicoanálisis. Como ya se ha planteado muchas veces independientemente de la polémica en torno a la consistencia de la teoría o la eficacia de su práctica está claro la influencia que ha tenido el psicoanálisis en la cultura actual. Hay un análisis muy preciso de como las teorías de Freud fueron asimilándose en la sociedad norteamericana y en el importante grupo de los psiquiatras, en lo que el llama la medicalización del psicoanálisis. También como el psicoanálisis desemboca allí en lo que se llamó la Escuela del Yo, bien diferente de otras derivaciones como la lacaniana o la kleiniana, a las que no puede aplicarse los análisis de la socióloga. Su influencia va entrando en diferentes espacios y prácticas sociales : la vida cotidiana, la familia... Todo ello en una lógica de redención que no deja de transformar lo más cotidiano en algo valioso e importante. Es una narrativa que convierte la rutina diaria en algo interesante sometido a una hermenéutica en la que todo puede ser recuperado, en la que las sombras de lo irracional pueden ser iluminadas por la luz de lo racional. Se impone así un discurso articulado por los psicólogos y que está en sintonía con el individualismo del capitalismo: racionalidad instrumental e interés propio. Pero es un discurso de la racionalidad paralelo al discurso emocional que cristalizará en las nociones estrella de inteligencia emocional y de competencia emocional.Está muy bien que se cuestionen de una vez estos dos conceptos que parecen intocables, incuestionables.Es, como dice la autora, el capitalismo emocional, donde los discursos emocional y económico se moldean mutuamente. El axioma del control emocional, de la gestión emocional refleja por una parte la búsqueda instrumental de ganancias y por otra los modos contemporáneos de control social en la escuela y en la empresa. Los psicólogos hicieron de las relaciones humanas una categoría cultural de carácter problemático.
Otro planteamiento que adquirirá una gran importancia será el de la comunicación. Aquí es donde los psicólogos en general impondrán su planteamiento y su poder. Hay que verbalizar las emociones, hay que hablar de ellas para gestionarlas y para negociarlas. Aquí es donde se une el discurso de los psicólogos con el discurso feminista, en contra de la supuesta incapacidad masculina para entender y expresar las emociones. El discurso terapéutico de los psicólogos ( apuntalado por las feministas) sería el siguiente : hay que conocer las propias emociones y saber expresarlas ( inteligencia intrapersonal) y hay que entender las emociones de los otros y empatizar con ellas ( inteligencia interpersonal). La conceptualización posterior será la competencia emocional, con lo cual dividimos a los humanos en competentes e incompetentes emocionales. En nuestro país estamos viviendo esta discurso hegemónico de una manera invasiva en el campo educativo. La cuestión ligada es la competencia en la comunicación : todo lo que puede decirse es mejor que lo que se calla. Eva Illouz cuestiona esta formulación : ¿ es siempre mejor transformar las emociones en un discurso conceptual ? ¿ no estamos racionalizando excesivamente las emociones ? ¿no estamos sometiendo nuestras vivencias a unas determinadas categorías culturales ?.
El código terapéutico combina la competencia moral, profesional y la emocional en el modelo del buen gestor. El buen gestor de una empresa o una institución es el buen gestor de su propio yo. El imperativo es controlar y controlarse. Pero ¿ quien controla, para quién y para qué ? Esta sería la pregunta clave. ¿ No estamos privilegiando una razón instrumental en la que la vida es un conjunto de técnicas y procedimientos que anulan la singularidad de la experiencia humana ?
Una cuestión clave que presenta la socióloga es que la emoción pura no existe, lo que hay siempre es "una estructura del sentimiento" ( como diría el gran sociólogo Raymond Williams), una organización ideológica de lo que que sentimos que le da forma y sentido. Aquí estaría bien hacer una analogía con lo que dice el neurocientífico Antonio Damasio ( al que sólo cita puntualmente) cuando plantea que la emoción es corporal y el serntimiento conceptual ( es una codificación conceptual). Una visión complementaria, en la que uno insiste en el proceso menatl y la otra en el cultural. También es interesante el cuestionamiento de la "biblia" actual de psicólogos y prsiquiatras
( el DSM-IV), que nos transforma a todos en posibles perturbados, para gozo de las industrias faramacéuticas. Aquí hay una vinculación con el tema del biopoder o la biopolítica que Eva Illouz no desarrolla y que queda como cuestión para elaborar más a fondo.
Una tesis básica de la autora es, en todo caso, que este discurso psicológico-terapéutico tiene como función una nueva clasificación y jerarquización social que divide a los miembros de una sociedad determinada en competentes e incompetentes sociales. Otra tesis importante es que la terapia se ha convertido en la lingua franca de unos servicios en alza en los países industriales avanzados que da juego a unos yoes cada vez más desorganizados a que manejen su vida. Y la tercera, muy interesante, es que la psicología resucita viejas formas de teodicea que acaban dando sentido al sufrimiento humano. Aquí me gustaría recordar la lucidez de Nietzsche cuando decía que lo que le resulta insoportable al ser humano es que su sufrimiento no tenga sentido. ¿ Será entonces el discurso terapéutico una continuidad del discurso moral cristiano ?
El libro es muy potente pero le haría una crítica. Las referencias concretas que hace a Michel Foucuault y a Richard Sennettt en tono crítico me parecen un desperdicio, ya que deja pasar una reflexión en profundidad entre sus estudios y estos dos autores, a los que trata superficialmente. Sennett lleva años estudiando esta "tiranía de la intimidad" de la que nos habla Eva Illouz y lo hace con muchos matices y estudios que vale la pena considerar y que complementan lo que dice la socióloga. Respecto a Foucualt lo mismo, y no sólo en el tema de la biopolítica sino también para señalar la diferencia con la propuesta ética de Foucuault de autodomino basado en los clásicos. Sobre todo cuando éste plantea que para él no existe este "yo auténtico" que busca el discurso terapéutico sino sólo una identidad a construir. Un tema pendiente sobre el que hay que volver.



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