Luis Roca Jusmet
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Lo único del cuerpo que no envejece con el cuerpo es el espíritu. Pero la estructura orgánico-funcional se va desgastando, deteriorando. Podemos cuidarnos y hacer que el proceso se dé en las mejores condiciones, pero no evitarlo. Es una pérdida que hay que asumir.
Spinoza dice que por el conatus todo cuerpo tiende a conservarse de manera infinita y si es finito es por las fuerzas externas que lo van desgastando hasta destruirlo. En la cultura tradicional china, en cambio, heredamos el jing [精], que es el qi [chi] [氣] prenatal, y que tiene una duración limitada.Prefiero la idea china del jing [精].
El jing es el qi [chi] innato, es decir la herencia potencial de vida que cada uno recibe de sus padres biológicos. Este qi [chi] innato se combina con el qi [chi] adquirido, a través de la respiración y de los alimentos. Vivimos por esta interacción. Si se acaba el qi [chi] innato o dejamos de suministrarnos qi [chi] adquirido, morimos. Depende de nosotros administrar bien el qi [chi] innato y el adquirido.
El qi [chi] innato se va acabando y, al igual que el que debe gastar bien sus últimas monedas, al ir envejeciendo hemos de ser muy cuidadosos. Evitar los excesos, el estrés y los productos tóxicos que lo dilapidan y al mismo tiempo nutrir la vida. Los chinos inventaron el chi kung [qìgōng] [氣功] , ejercicios de respiración y movimiento muy bien pensados no para hacerlo. Combinado con buena alimentación y un entorno saludable.
Pero en todo lo que he dicho falta algo muy importante, que es el espíritu. No en sentido dualista, sino como algo diferenciado e incluso contrapuesto al cuerpo físico. Los chinos lo llaman shen [神). La mirada, la actitud, la conciencia. Podríamos añadir desde Occidente la subjetividad, noción fecunda que falta en China, cómo reconoce François Chen.
El espíritu no envejece. Le pasan otras cosas. El espíritu madura, término que no tiene sentido aplicar a la corporalidad más física. Madura cuando se responsabiliza de sí mismo El espíritu está centrado o disperso, abierto o cerrado. El espíritu aprende o se estanca. Un cuerpo que envejece y un espíritu que se estanca no tiene otra salida que la degradación progresiva que va disminuyendo la vitalidad Un cuerpo que envejece y un espíritu que aprende es el camino de una vejez serena y una vitalidad que se mantiene.
Lo malo del envejecer, dice Francisco Umbral en su Diario de un burgués, es que solo envejecemos nosotros, que no envejece todo. Una idea interesante, aunque podemos relativizarla. Pero entonces nos damos cuenta de que algunos nos acompañan en un envejecer de un mundo que no envejece. Porque la naturaleza, con sus seres vivos, sujetos o no, sigue, mejor o peor, su ciclo de renovación.
A partir de un momento uno toma consciencia de que ha entrado en la vejez. Aceptarlo puede significar un cierto duelo por lo perdido, pero como todo duelo hay que superarlo. Queda entonces cuidar el cuerpo, para conservarlo en las mejores condiciones en este proceso, y sobre todo cuidar el espíritu para mantener su vitalidad y aprovechar todo lo aprendido para pasar a una segunda vida, mucho más serena que la anterior. Esta es, como dice François Jullien, nuestra segunda vida y no la podemos desperdiciar.

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