viernes, 2 de mayo de 2025
RENOVAR EL SOCIALISMO
viernes, 4 de marzo de 2022
ÉTICA, ESTÉTICA Y POLÍTICA EN MICHEL FOUCAULT Y EN JACQUES RANCIÈRE
Escrito por Luis Roca Jusmet
Un modo de subjetivización política es, para mí, una
nueva forma de división de lo sensible común, de los objetos que este sensible
contiene y de la manera en que los sujetos pueden designarlos y argumentar
sobre ellos. El punto fundamental de la relación entre política/policía radica
efectivamente en la constitución de los “datos” de la comunidad. Una
subjetivización es un dispositivo de enunciación y de manifestación de “un”
colectivo- asumiendo que este colectivo es una construcción, la relación de un sujeto
de enunciación con un sujeto manifestado por la enunciación. No creo que el
pensamiento teórico de Foucault se haya preocupado por este problema Foucault
se interesó por la relación entre las técnicas del poder y las técnicas de sí.
En una primera fase, lo hizo analizando las grandes máquinas productoras en las
que los individuos pueden relacionarse “consigo mismos” Después analizó las
técnicas de sí a un nivel ético... En ninguna parte vemos que Foucault
considere una acción concreta de actos que podríamos llamar actos de la
subjetivización política. No creo que el interesara nunca en definir una teoría
de la subjetivización política en el sentido que yo la entiendo, a saber, como
una reconfiguración polémica de los datos comunes. Lo que le interesa no es lo
común polémico sino el gobierno de sí y de los otros. Es el poder en el sentido
de lo que un sujeto puede hacer que otro haga o crea. Habla así de puntos de
resistencia que se anudan en las relaciones de poder. Pero, en su teorización,
no hay lugar en el que podrían encontrarse racionalidades antagónicas. He
aprendido mucho de Foucault, de su manera de constituir los problemas revocando
las distinciones disciplinarias y de pensar las relaciones entre lo visible, lo
decible y lo pensable. Pero mis intereses son diferentes.
Jacques Rancière
Podríamos considerar que Jacques Rancière (1940) pertenece a la generación posterior de la de Michel Foucault (1926) . Digo podríamos porque la referencia a los límites generacionales es relativa. La infancia y la adolescencia de este último está marcada por el peligro de la guerra, Jacques Rancière vivirá, en cambio, una adolescencia marcada por la postguerra. Foucault nace en una ciudad francesa de provincias, hijo de una burguesía media provinciana con capital cultural. Nace casualmente en Argel (donde solo vivirá dos años) y es hijo de un funcionario, pero no sabemos gran cosa de sus orígenes familiares, que no acostumbra a explicar. Sabemos sí, que desde joven quiere ser profesor y se matricula ( al igual que Foucault unos años antes ) en la Ècole Normale Supérieure, aunque su intención originaria era la de ser arqueólogo. Louis Althusser ejercerá una influencia sobre los dos y que esta será para ambos su vía de entrada al marxismo. Al igual que le ocurre a Foucault, vivirá un poco de lejos los acontecimientos de mayo del 68, aunque aunque ambos quedarán igualmente muy impactado por sus efectos4. En concreto, la creación de la Universidad París VIII le hará a Rancière replantearse muchas cosas y romper con Althusser y con el marxismo, al igual que a Foucault.
De
una manera muy fecunda Jacques Rancière plantea que la política está siempre
referida a lo común y es es un defensor radical de la igualdad política y de la
emancipación colectiva. Pero lo colectivo no hace a una clase social
predeterminada. Es un colectivo excluido por un determinado Estado, que es el
que distribuye los lugares de cada cual. Son los sin-lugar, los que no tienen un espacio propio por la distribución
que hace el poder de los espacios y de las formas de percibir, de
Pero es siempre un colectivo formado por sujetos que encuentran su emancipación en la acción
Lo que reprocha Rancière a Foucault es que éste no se ocupa de la política. La cuestión de la política, dice Rancière, empieza cuando se trata del sujeto que es aparato para preocuparse de la comunidad. El error de Foucault resulta evidente cuando identifica la biopolítica y el poder, donde política y poder vienen a significar lo mismo. Pero la política, insiste Rancière, no tiene que ver con el poder, o mejor dicho, no del todo. El poder entendido, por supuesto, como el que se manifiesta a través de unas relaciones de dominio o de gobierno. Tampoco, en sentido afirmativo, como el contrapoder de las formas de afirmar la diferencia individual y colectiva. Aquí hay un rastro deleuzianao en el planteamiento. Será la lucha de las minorías para afirmarse frente a un poder que no les deja hacerlo: homosexuales. O de las que se resisten a ser anuladas, como los locos o los presos. O los individuos que no tienen derechos reconocidos por el Estado, como los disidentes de los países del Este. O las mayorías que no son reconocidas por el Estado, como en la revolución
iraní. Es decir
que hay una primera manera de entender la política en Foucault como lo que
Rancière llama la policía. Rancière matiza que aunque en la
conferencia Omnes e singularum utiliza la palabra policía y el
mismo Rancière se refiera a ella en su cita a Foucault, pero marcando que no
quieren decir exactamente lo mismo. Porque Foucault lo considera
como un dispositivo institucional que participa en el control de la vida y los
cuerpos. Y Rancière le da un sentido mucho más amplio porque lo considera como
la lógica del orden establecida desde el poder, donde a cada cual se le asigna
un lugar dentro de la comunidad y se gestiona la vida la vida de las
poblaciones y los individuos. Pero nos podríamos preguntar aquí que diferencia
hay entre el movimiento emancipatorio de los homosexuales, locos, presos
,disidentes o el pueblo iraní de los que habla Foucault de la lucha de los
“sin-parte” de los que habla Rancière, La diferencia es precisa : los
colectivos, grandes o pequeños d ellos que habla Foucault, lo que hacen es
reclamar la voz para hablar y para exigir derechos. Todos aceptan lo que son pero quieren ser reconocidos como tales.
Lo que formula Rancière es muy diferente. Los obreros en lucha que ha
consultado en los archivos de la historia francesa no son obreros que
reivindican su dignidad o sus derechos. Son obreros que quieren dejar de serlo.
Este trabajo lo complementa con la teoría de la emancipación intelectual de
Jacobot. Por esto lo llama subjetivización política, porque hay una
nueva constitución de unos sujetos a través de una acción común en la que
expresan la voluntad radical de vivir de otra manera, no de que les dejen vivir
tal como son ( homosexuales) o reconociendo sus derechos ( países del este,
Irán, presos, locos ). El sujeto de la política es el sujeto creado por la
acción política misma en una enunciación y una manifestación colectiva. La
identidad no es, por tanto, previa: somos los homosexuales, los locos, los
presos, los disidentes, el pueblo, la clase obrero. El nosotros no se refiere a
una identidad particular de grupo sino a algo que se va formando en esta acción
colectiva. Este nosotros es, entonces, para Rancière, abierto a cualquiera.
Volvamos al Mayo del 68 como ejemplo de subjetivización política. Una cosa que señala Rancière es que la liquidación de la herencia del
movimiento, tal como normalmente se hace, no hay que atribuírsela a Nikolas
Sarkoy sino al Partido Socialista Francés. Lo que manifestó el mayo del 68,
dice Rancière, fue algo inquietante, que es que el Orden de nuestras
sociedades, aparentemente garantizado por múltiples dispositivos económicos,
políticos e ideológicos, podía derrumbarse en cualquier momento. En mayo del
68, en Francia, se cuestionaron las estructuras jerárquicas que organizaban la
actividad intelectual, económica y política. La izquierda francesa reconvertida
en los años 80 desfiguró el sentido del movimiento planteándolo como un
movimiento juvenil por la libertad sexual y de costumbres. Faltaba el último
golpe, que era considerarlo finalmente como un victoria del capitalismo: era el
individualismo consumista que había roto todos los lazos sólidos que quedaban
en las sociedad ( la familia, al escuela o la religión). Lo que fue er realidad
fue un movimiento anticapitalista de masas, dice Rancière.
El concepto de sujeto en Foucault es complejo y la idea de subjetivización ética aparece a principios de los ochenta. Es una idea emancipatoria ligada a la práctica de la libertad, en el sentido de no ser ni un esclavo de uno mismo ( sujeto a las propias pasiones) ni un esclavo del otro ( sujeto a unas relaciones de dominio).
Foucault, a finales de los 70, manifiesta simpatías hacia el el ala autogestionaria de Michel Rocard del Partido Socialista Francés, al que detesta Rancière.
En
el curso del año 1982-3 ( el Gobierno de sí y de los otros ) Foucault
desarrolla fundamentalmente el concepto de parresia. Lo hace vinculando sus
dimensiones ética y política, ya que se trata de una ética de la verdad pero
planteado como el coraje de interpelar al poder. La parresia implica siempre un
riesgo, un jugársela porque le estás diciendo la verdad a quien no quiere
oírla, ya que se está denunciando al poderosos que comete una injusticia, un
abuso contra alguien más débil. Hay cuatro elementos que están entonces
interrelacionados. Por una parte la democracia, entendida ésta como las
condiciones formales que permiten la libertad de palabra. Democracia que se da,
de todas maneras, en un juego político, en unas relaciones de poder. Relaciones
de poder, de todas maneras, en las que no hay una jerarquía, es decir en las
que las relaciones de poder no adquieren un carácter cerrado en las podríamos
hablar de relaciones de dominio. Esta sería la condición de hecho. Por parte
del sujeto de la parresía hay dos condiciones, que son la veracidad y una
cualidad moral que es el coraje. Esta es la buena parresía de la democracia, el
que las personas que hablan son capaces de decir la verdad, asumiendo sus
consecuencias y sin buscar un beneficio personal. La mala parresía es cuando
los que hablan lo hacen para manipular, diciendo lo que se quiere oir y
buscando un interés personal17.
La
parresia supone una situación política, que es la isegoria, que es la igualdad
delante de la ley. Pero es, en sí mismo, un principio ético-político. Principio
propio del buen ciudadano, del que
realmente tiene
un compromiso democrático, y que es opuesto a la retórica, que es el arte de la
palabra : no se trata de hablar bien sino de decir la verdad.18
Foucault entra entonces en lo que llama la ontología del discurso de la verdad
preguntándose que es un discurso verdadero. Lo que podemos plantear aquí es que
si para Foucault el discurso verdadero, incluido este sentido de parresía, es el
discurso de la filosofía entonces concluimos que la forma de vida filosófica
implica un compromiso político. El filósofo piensa bien y esto quiere decir que
es veraz, pero también debe tener el coraje de defender lo que piensa, incluso
arriesgando su vida, como Sócrates nos enseñó de manera ejemplar. Pero la
filosofía no se ocupa de la política sino del sujeto de la política, dice
Foucault en este curso. Esto quiere decir que no es el problema de la justicia
o la injusticia sino de la acción del ciudadano, del súbdito o del soberano. Es
decir,del sujeto libre, del esclavo o del gobernante. En este sentido también
Foucault, al igual que Rancière, habla aquí de subjetivización política aunque
ya veremos que no exactamente en el mismo sentido que Foucault.
El año 1983-4 Michel Foucault da su último curso en el Collège de France, poco antes de su muerte. El curso es una continuación del anterior y continúa profundizando en el tema de la parresía como el coraje moral de decir la verdad. La parresía es lo contrario d ella retórica, punto por punto. La retórica es una técnica en la que se deshace el lazo entre lo que se dice y como se dice porquesolamente interesa lo segundo. En la parresia lo que importan es el decir veraz, el hablar franco y no importa la manera como se dice. En la retórica lo que se quiere es manipular al oyente y por tanto mantener un lazo entre el que habla y el que escucha, mientras que la parresía puede romper este vínculo al interpelar al oyente, que se el poderoso. En el primer caso se establece una relación d epoder y en el segundo se rompe. Pero la parresía se opone también a la profecía, ya que en esta el que habla dice una verdad que no viene de sí mismo, que viene de otra parte. Y también lo hace porque en la profecía se habla del futuro, mientras que la parresia denuncia algo que ha pasado o está pasando. Pero lo más interesante aquí es como opone la parresía a la sabiduría. El sabio se mantiene muchas veces en silencio, o habla por enigmas y lo hace siempre sobre la naturaleza de las cosas. El parresista habla, interpela constantemente y lo hace con la máxima claridad posible. Se dirige a los individuos no para revelar lo que son sino para ayudarles a reconocerse a sí mismos a través de sus defectos, de sus contradicciones o de sus imposturas. El maestro no es un parresista porque enseña algo que sabe. Aquí volvemos a Sócrates como personaje paradigmático, que siempre decía que no enseñaba nada que cada cual debía encontrara la verdad en su interior. Pero también lo encontramos en Diógenes, afirmación a partir d ella cual veremos como Foucault va desplazando el interés de los estoicos hacia los cínicos.
Entramos
aquí en el elemento clave para definir la última manera como Foucault acaba
entendiendo la relación entre ética y política, que viene determinada por su
apuesta por los cínicos a partir de la elaboración del término parresía.
Sócrates es el sujeto ético que tiene el coraje d einterpelar al poder a partir
de la verdad. La interpelación que efectúa la parresía no es únicamente desde
lo que se dice sino desde lo que se hace. Foucault quiere mantener la idea de
la filosfía como forma de vida de vida a través de esta afirmación. No se trata
de un sujeto que vive como los otros pero que es capaz de criticar a los que
detentar el poder. Lo que Foucault
quiere proponer es un sujeto puede construirse a partir de la parresía
fundamentalmente. Este desplazamiento desde los ejercicios espirituales ( que
incluyen a la parresía pero no como elemento central) hacia la vida verdadera (
donde todo gira alrededor d ella parresía) es desde luego esencial para
entender la manera como Foucault va orientando su proyecto. Se trata de una
propuesta de subjetivización ética a otra de subjetivización ético-política,
pero no exclusivamente política como plantea
Rancière.
Subjetivización entendida como emancipación de un sujeto que es capaz de afirmarse resistiendo a las redes del poder establecido. Subjetivización que para Rancière la establece un grupo que quieren construir un espacio político propio al que llama político o democrático. Pero, aunque Rancière insiste en que para él la cuestión central de la política no es la manera de gobernar lo que sí está planteando es que este sujeto político colectivo establece maneras de gobernar diferentes. Lo que quiero analizar ahora es si Foucault, al dejar de mostrar a Sócrates como este resistente individual y ver en los cínicos el mejor ejemplo de vida verdadera, está planteando algo similar a lo ha venido defendiendo Rancière. ¿Por qué los cínicos? Foucault lo explica de manera precisa. Lo que hacen los cínicos es manifestar, a través de su simplicidad, de su desnudez, de su impertinencia, la verdad. Hacen del propio cuerpo la manifestación visible de la verdad. de lo que es la vida, la verdad de la vida. Los cínicos ni tan siquiera tienen que hablar porque el decir veraz es el de su propia vida. El cinismo es la forma de vida en el escándalo de la verdad que ha atravesado toda la cultura occidental de manera transversal. No se trata entonces, para Foucault, de limitarse al fenómeno del cinismo en la Antigüedad tardía sino de ver como ha sobrevivido en la modernidad.
Con
el texto de Foucault bajo el título “Qué el la ilustración”podemos seguir el
hilo de la posición del filósofo francés respecto a la relación entre ética y
política. Comprobamos que murió con muchas ambivalencias y ambigüedades sobre
el tema, que no eran producto únicamente de sus contradicciones internas sino
también de los matices, la complejidad y la riqueza de sus análisis.
Foucault se manifiesta en este texto, de manera sorprendente, como un seguidor del proyecto ilustrado de Kant22. Aquí plantea claramente lo que entiende por emancipación: la capacidad de pensar por uno mismo y el poder trabajar la propia libertad. Esto implica, dice, una serie de condiciones ético-espirituales, por una parte, y político-institucionales por otra. Pero ciertamente que las político-institucionales se subordinan a las ético-espirituales, ya que lo que deben hacer estas últimas es favorecer las primeras. Hay que continuar el trabajo iniciado por Kant. Por una parte asumir su definición de los límites pero por otra sustituir las estructuras universales que constituyen nuestro mundo por unas históricas. El entenderlas como históricas podemos captar la posibilidad de transformación. La apuesta kantiana, que hay que retomar, pasar por la capacidad de la técnica, pero sobre todo de la libertad humana. La arqueología nos permite ver esta dimensión histórica de las maneras de ver, de pensar y de hacer y la genealogía su contingencia y con ella la posibilidad de ver, pensar y hacer las cosas de otra manera. Las relaciones con los otros son producto de lo que somos, de nuestras actitudes. Pero no nos olvidemos de la importancia que da Foucault a la amistad. Para él viene a ser casi un enlace entre la ética y la política. La amistad es una forma de comunidad. Elogio de la amistad que no deja de estar ligado a su homosexualidad, a la reivindicación de su homosexualidad. La relación entre hombres, la relación entre mujeres, la relación entre hombres y mujeres siempre ha preocupado a Foucault. La amistad es un encuentro entre cuerpos que comparten experiencias. No sólo ni básicamente el placer sexual, sino todo lo que implica lo mejor de las relaciones humanas. Amistad que teje una red afectiva que hace que se vaya construyendo una comunidad. Comunidades que son reivindicativas cuando se afirman frente al dominio. Comunidades que quieren decidir sobre sus vidas: esto también es política.
¿Cuál es el papel de la estética en Foucault ? Foucault está influenciado
por el arte. Algo por la poesía, especialmente René Char. Pero sobre todo por el
lienzo, por la pintura, que le permite profundizar en la visión, en la mirada,
sobre todo a partir de Magritte24. Su amigo Pierre Boulez, gran
compositor, glosa igualmente el interés de Foucault por la música.
Pero
la visión de la estética en Foucault está ligada a la ética del cuidado de sí,
que también llamará estética de la existencia. Pero incluso en su último curso
le da una dimensión política. Es la tercera vertiente de lo que llama el
cinismo moderno., que me parece la más significativa, que es la vida del
artista. Aquí Foucault planteará que no solamente está reivindicando una
estética de la existencia sino también una vida verdadera, que sería la de este
tipo de artistas. Da como ejemplo otra vez a Baudelaire ( junto a otros como
Flaubert y Manet) y considera la vida del artista como la manifestación de algo
sumergido, excluido y no visible de la sociedad. El arte como manifestación de
lo desnudo de la existencia, con Samuel Beckett y William Burroughs como
ejemplos contemporáneos más claros. El artista es así antiplatónico y
antiaristotélico porque rechaza las formas adquiridas, es el cinismo de la
cultura vuelta contra ella misma.
La posición de Foucault es una posición ética ligada a la estética pero con implicaciones políticas. El año 1984 Michel Foucault responde a una entrevista que trata precisamente sobre ética y política26. La ética es la preocupación del último Foucault, que la define como la práctica de la
Pasemos
ahora a la manera como Jacques Rancière aborda la estética desde la política.
Se trata de trabajar la estética, al igual que la política, como maneras de
emancipación de cualquiera, formas de recuperar la igualdad que nos ha quitado
la policía ,que ha impuesto la desigualdad.
Partimos de la definición de Rancière de la estética como configuración del mundo sensible común, como la que tiene que ver con la percepción de los cuerpos. Hay que plantear desde la estética otro marco de lo visible, de lo enunciable y de lo factible, pero sabiendo que los efectos son imprevisibles, no son manipulables. Lo que sí hay que hacer es desplazar el equilibrio de los posibles y la distribución de las capacidades. Es la acción y no sus efectos futuros lo que debe ser transformador. Rancière se refiere a la propia experiencia del movimiento obrero para señalar cómo esto fue posible en algunos momentos. Se trata de modificar en definitiva, el reparto de lo sensible y cuestionar la evidencia sensible comú. La lucha emancipatoria es, para Rancière, una lucha por el presente, no por el futuro, una lucha para hacerse visible, para aparecer en el escenario social, para buscar nuevas maneras de percibir, de sentir, de pensar, de hacer. La política es la búsqueda de un lugar propio por parte de los excluidos, un intento de organizar el mundo de una manera diferente a como se lo han encontrado. Es también el intento de superar la división entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. Se trata de liberar las propias capacidades en una acción común, compartida. La estética está ligada a la política porque trata justamente del reparto de los sensible, de las maneras
Rancière recurre a su propia
experiencia generacional para analizar el gran error que ellos cometieron
al querer emanciparse sin cuestionar la frontera entre el intelectual y el
obrero. Era la relación entre un supuesto poseedor del saber teórico (el
estudiante-intelectual) y un supuesto del saber empírico ( el obrero).
Muchos jóvenes estudiantes franceses del mayo del 68 vivieron este fracaso, el de intentar aprender con los obreros
lo que era la explotación mientras pretendían enseñarles lo que sería la
revolución. La cuestión, dice Rancière, era más sencilla: eliminar la
frontera entre estudiantes y obreros y plantear que es cada cual el que habla
desde su experiencia, sin clasificaciones previas. ¿Y porqué no eliminar también la frontera entre actor y espectador,
entre narrador y traductor ? Deberáimos hacerlo porque todos somos traductores,
ya transformarmos constantemente lo que nos viene dado en experiencia propia.
Hay que empezar cuestionando las diferentes maneras que han sistematizado para
manipular al espectador, desde el teatro
de la distancia de Bretch, hasta su contrario, el de la identificación de
Artaud. ¿Porqué no dejamos en paz al espectador? sugiere Rancière, ¿ Porqué
considerar que su posición es inmóvil? ¿Porqué considerar que el espectador del
teatro debe hacer algo interactivo y no considerarlo igual que al espectador de la televisión? ¿No será también un prejuicio considerar a éste pasivo
y acrítico? Hay que romper
la dicotomía entre la palabra y la imagen. Las imágenes comportan
siempre figuras retóricas y poéticas, es decir lingüísticas. Y el lenguaje
comporta imágenes y la misma fonética lo es.
Hay muchas preguntas interesantes: ¿Cuándo una imagen
es intolerable? ¿Cuándo una imagen es pensable ?. Cuestionemos la superioridad
intelectual de los que desprecian las imágenes en nombre de las palabras. ¿No
será justamente el problema atribuir la palabra y la lectura al ciudadano
crítico y las imágenes a la masa consumista ?. El sistema, continúa Rancière,
no nos proporciona imágenes para anular la capacidad crítica que encierran las
palabras, como nos advertía hace unos años de manera apocalíptica Giovanni
Sartori. Lo que hacen los mass media es
reducir, seleccionar y manipular imágenes en el marco de un discurso que les da sentido.
Aparece, junto con el odio a la democracia, el odio a
un régimen común del arte. Es el mismo discurso : unas masas idiotizadas por las imágenes
y una élite ilustrada separada
de ellas. Aunque
las imágenes tampoco son armas para el combate, como ingenuamente
pensábamos al considerar que algunas imágenes impulsarían a la acción
combativa. Pero si pueden ser maneras de trastocar lo visible. El problema de
la tradición crítica, dice Rancière, es que ha sido fagocitada por su propia
dinámica. El mismo arte crítico, por ejemplo, se ha desmantelado a sí mismo
como proyecto transformador, Porque los artistas críticos han acabado
presentando a los revolucionarios como si formaran parte del espectáculo de la
sociedad que critican. Surge así la izquierda melancólica que denuncia tanto al sistema
como a la ilusión de transformarlo. Esto lleva a un callejón
sin salida porque el trabajo crítico queda así
anulado, integrado en un discurso nihilista que como tal es inofensivo porque
no tiene capacidad transformadora. Hay que volver a una concepción del arte
como proyecto
transformador dirigido a todos, a cualquiera. Pero no un arte militante
sino un arte que permita
romper este consenso que reparte lo sensible en un orden policial, sea
éste autoritario o liberal.
Cuestiona también el reparto de lo sensible que hace la
estética. La relación entre política y estética es, entonces, la de cuestionar
como se recortan y limitan los espacios y los tiempos, los sujetos y los
objetos, lo común y lo singular. El arte y la política
son formas de relacionarse los cuerpos singulares en un determinado espacio y
tiempo específicos. Pero el arte no debe servir para explicar a los oprimidos
su opresión. Los oprimidos ya lo saben, lo único que les falta es entender que
las cosas pueden transformarse. Que es posible el cambio. El arte debe hacer
propuestas en cuanto a esta reconfiguración de lo sensible. Rancière analiza,
en concreto, lo que llama la mezcla de los heterogéneos como muestra de arte
contemporáneo. Esta mezcla lo hace a través de lo que llama el juego, el
inventario, el encuentro y el misterio.
La hipótesis que me interesa
aquí en Rancière
es la manera como niega la ética desde la política y la
estética. El giro ético de la estética y de la política, que no es hoy
para Rancière un giro moral, en el sentido de buscar criterios normativos a
partir de los cuales hacer juicios morales de la política y la estética. Es otra cosa. Se trata de diluir el derecho en el hecho, por un lado, y de disolver la política y la estética en una comunidad consensuada. Es el dominio del consenso de una ley única totalizadora: la Ley del Otro.
Vayamos directamente a la comparación entre Foucault y Rancière, que podemos hacer desde diferentes bandas. Foucault acaba defendiendo la militancia revolucionaria, a partir del siglo XVIII, como una manifestación del cinismo, que es la opción con la que parece identificarse al final. La revolución en el mundo moderno ha sido una forma de vida a través de la militancia, una de las formas contemporáneas (básicamente en el siglo XIX y XX) de cinismo. La militancia, continúa Foucault, adopta tres formas. Una es la de una sociedad secreta, la segunda de una organización visible que manifiesta sus objetivos de manera visible y, finalmente, como una forma de vida. Esta es la que le interesa a Foucault porque es aquella en la que el militante quiere dar un testimonio, a través de su propia vida, de esta verdad que defiende. Foucault plantea, de todas maneras, que en el caso del Partido Comunista Francés se ha invertido esta tendencia, porque ofrece a los militantes es un modelo de vida convencional. Foucault pensaba así en organizaciones como Gauche Proletarienne, con la que mantuvo vínculos en años anteriores y del que formaba parte su pareja, Daniel Defert. Aquí podemos volver a la comparación con Rancière, que si había militado en esta organización29 Pero cuando este último refexiona sobre su paso por la organización nunca lo reivindicara en el sentido que plantea Foucault. Más bien lo hará en sentido contrario. Es decir que sí Foucault reivindica su sentido como una organización separada mientras que para Rancière su valor radicaba en que estaban inmersos en la organización. Es decir que aquí Foucault cae en la contradicción ( no paradoja, porque es una contradicción real) de defender el vanguardismo, que no deja de ser una manera de gobernar la conducta de los otros.
Jacques
Rancière defiende la política como forma de emancipación común. Considera que
solamente en este terreno es posible. Deja de todas maneras claro que no
defiende un comunitarismo sino un conjunto de sujetos políticos que actúan
conjuntamente. Michel Foucault acaba defendiendo un sujeto ético con
implicaciones políticas y que acaba incluyendo a la estéticas en esta
subjetivización ética. Son dos filósofos con trayectorias diferentes pero no
paralelas porque hay coincidencias en campos de influencias y de experiencia.
La radicalidad de
Rancière, su politización global de la experiencia humana ( incluso la
estética) no es en absoluto compartida por Foucault. Para este último la
emancipación es ética y su dimensión política pasa por la resistencia y por
defender la opción política que permita hacer la vida más soportable para todos
( en este no se pierde en un individualismo) y que permita que cada cual
gobierne su vida. Resistirse contra el totalitarismo, sea fascista o
estalinista. básicamente.
Esta es la diferencia básica, concluyendo, entre Michel Foucault y Jacquesd Rancière : la subjetivación del primero es ética y la del segundo política
lunes, 16 de agosto de 2021
DE LA ÉTICA A LA POLÍTICA
Escrito por Luis Roca Jusmet
De la ética pasamos a la política. La política debe garantizar el derecho universal. El derecho tiene como función garantizar el que cada cual pueda tener un vida material y éticamente digna. La política debe concretar el derecho en ley y hacer que esta sea efectiva. El Estado es el conjunto de instituciones que lo hace posible.
No creo que la política resuelva la cuestión ética de la buena vida, que cada cual ha de resolver, aunque sea con los otros. No creo tampoco en las promesas de un "hombre nuevo" desde la política. Mi experiencia y mi reflexión me lleva a un escepticismo moderado. Hay mejores y peores formas de gobierno, pero todas tienden al dominio, sea de súbditos ( en el peor de los casos) o de los ciudadanos ( en el mejor). No creo que la ética sea un problema político, aunque si creo que la ética necesita de la política para la emancipación del sujeto. Pienso que lo que se plantea hoy son tres cuestiones: la primera el dilema entre un Estado que se alia con los poderes económicos o un Estado que garantiza derechos a los ciudadanos. La segunda entre un Estado burocrático y un Estado democrático. La tercera entre un Estado que es una red clientelar de privilegios para los gobernantes o es una institución eficiente y transparente para los ciudadanos. Tres cuestiones que están directamente ligadas.
Las mejores referencias políticas que conozco, que están históricamente determinadas, son la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Estado democrático y social de derecho. Me parece que recoge lo mejor del republicanismo, del liberalismo y del socialismo. Se concreta en un Estado que tiene como función la garantía de los derechos que aparecen en la declaración. Incluyen la idea del ciudadano como unidad política básica y consideran que el ciudadano es consecuencia del Estado de derecho. Implica la idea de contrato social. Por supuesto que la declaración de derechos humanos es una idea regulativa, una ficción necesaria. Se supone que tenemos estos derechos. Igual que es ficticio el contrato social: se supone que existe este contrato y que todos debemos respetarlo. No digo que no hayan otras opciones sino que son las mejores que conozco.
Tampoco me consta que exista un sistema político mejor que la democracia liberal como marco para garantizar un Estado democrático y social de derecho que garantice al máximo los derechos humanos. Pero no es suficiente. Es necesario una cultura democrática y una voluntad política de los gobernantes y de los gobernados para que sea efectiva. Es anticapitalista en su lógica, aunque exista en el capitalismo en estado de tensión, porque va contra su lógica, que es el del aumento incesante del capital. Y porque los derechos han de entrar también en la empresa .
La democracia liberal debería ser constitucionalista y republicana. Es necesaria una Constitución que blinde los derechos fundamentales y no dependa de mayorías políticas. Republicana quiere decir separación de poderes, participación política y libertades políticas. También excluye la figura de una monarquía, aunque no sea lo más importante. Hay monarquías más republicanas que supuestas "repúblicas" sin rey pero sin las condiciones importantes que he expuesto.
Es imprescindible ir hacia alguna forma de Estado mundial porque es la única manera de garantizar derechos, sobre todo laborales, y combatir las estrategias del gran capital. También para frenar la devastación de la naturaleza. La riqueza solo puede redistribuirse de manera justa con un sistema fiscal equilibrado a nivel internacional. No puede hacerse con un Estado mundial centralizado sino con formas federales y confederales.
Para mí, al contrario que en Platón como en Aristóteles, la ética no se realiza en la política. Tampoco pienso, como Epicuro, que la ética se realice al margen de la política. Pienso que la política es necesaria para que la ética sea posible. Reconozco aquí la línea de Spinoza entre los modernos y Michel Foucault entre los contemporáneos. La ética tiene un aspecto singular, porque cada cual elige el camino de su vida. Pero también está el elemento universal que señalaba Kant entre los modernos y Axel Honneth entre los contemporáneos, que lleva al reconocimiento del otro y a la universalidad de los derechos. Esto nos lleva al derecho universal. La política tiene algo de universal, en la medida en que lo que debe hacer es garantizar estos detechos, pero también algo de particular, porque las formas políticas que lo hacen no son siempre, en todo tiempo y lugar, las mismas. Pero el elemento democrático, tal como señalaba Spinoza, siempre debe estar presente.
miércoles, 30 de junio de 2021
CRISIS PERMANENTE. ENTRE LA FRATERNIDAD HUÉRFANA Y UNA DEMOCRACIA INSURGENTE
Crisis permanente. Entre la fraternidad huérfana y una
democracia insurgente
Jordi Riba
Barcelona: NED, 2021.
Escrito por Luis Roca Jusmet
Jordi Riba es
profesor de filosofía de la UAB y también investigador asociado en el
laboratorio “Logiques contemporaines de la phiolosophie” de la Universidad
París VIII. El libro que nos ocupa continua un conjunto de ensayos que ha ido
publicando los últimos años sobre un tema central sobre el que lleva mucho
tiempo reflexionando: el papel del individuo en la renovación democrática y su
articulación filosófica: “Republicanismo sin república” (2015) y “Crisis,
fraternidad y democracia” (2018). Pro también hay que citar su traducción de “La
democracia contra el Estado (2017), libro escrito por su maestro Miguel
Abensour, no hace mucho fallecido y al que le dedica este libro. Ahora bien, no
creo que sea todavía “el momento de concluir” sino que es todavía, siguiendo
los tiempos lacanianos, “tiempo de comprender”. Quizás porque la única
conclusión posible sobre la radicalidad democrática es que no hay conclusión
definitiva, ya que todas las problemáticas que despliega quedan siempre, en
algún sentido, abiertas.
El libro se inicia
con el despliegue en tres escenas de las crisis de la modernidad que estamos viviendo:
en primer lugar, la crisis filosófica después de la muerte de Hegel, en segundo
la crisis de la reproducción social en todas sus facetas (política, económica,
institucional, ecológica) y finalmente la más paradójica de todas, que es la
crisis “de la crisis y su futuro”. Pero la cuestión es que no hay que tratarlas
como crisis puntuales que se dan en la modernidad, sino que son estructurales a
la propia modernidad es una crisis permanente. Este es el signo de estos
tiempos modernos en los que continuamos estando, en el que ya no hay tradición
posible a la que acogerse ni una tierra prometida a la que llegar. Y este
último punto es el que lleva a considerar que el ideal ilustrado también está
agotado. Jordi Riba recurre a un filósofo francés del siglo XIX, Jean-Marie
Guyau, no muy conocido, pero sí muy importante (y que el autor conoce muy bien)
que plantea que para acogerse radicalmente a lo que implica la noción de la
modernidad y sus consecuencias, hay que entenderla como irreligión en lugar de
como secularización. Porque asumir la modernidad quiere decir aceptar la
incertidumbre (buen momento para recordarlo) de la falta de fundamentos, del
cuestionamiento no solo del progreso sino también de la identidad. Siguiendo la
metáfora (un buen recurso, nos recuerda Jordi Riba, como dijeron Blumenberg o
Wittgenstein) es como si estuviéramos en una embarcación sin timón, en la que
no vemos ni de dónde venimos ni adónde vamos, pero en la que hemos de evitar la
deriva y, por supuesto, el naufragio. ¿De que disponemos? De Nosotros mismos.
Aquí aparece la expresiva noción de “fraternidad huérfana”, felizmente
rescatada por Jordi Riba. Ya hace unos años Antoni Doménech nos lo recordó en
su brillante ensayo “El eclipse de la fraternidad”. Ahora, el autor del libro
vuelve a hacerlo desde una perspectiva renovada. ¿Que son la igualdad y la
libertad sin la fraternidad? Algo limitado, que hace perder gran fuerza de este
lema que ha inspirado los movimientos emancipatorios desde la revolución
francesa. Y es un concepto que no puede sustituirse por el de solidaridad (ni
mucho menos por el de “empatía”, añado yo). Porque la fraternidad es, por
definición algo horizontal, entre iguales que cooperan, que comparten y se
ayudan. Y esta fraternidad huérfana ya
no tiene Padre. Esto me sugiere desde “la Muerte de Dios” de Nietzsche hasta
los aforismos de Norman O. Brown en su inclasificable y sorprendente libro “El
cuerpo del amor”, que presenta la fraternidad como la única salida a la Muerte
del Patriarcado y la caída de la Autoridad.
Visto lo anterior
solo hay que dar un paso, que resulta evidente una vez lo hemos hecho, que es
el de entender que la única expresión política coherente con esta fraternidad
huérfana es la comunidad política democrática. Entramos aquí en los dos últimos
capítulos, los más importantes en cuanto a la elaboración política de la
propuesta, que son “El papel de la fraternidad huérfana en la renovación
democrática” y “Pensamiento crítico y democracia insurgente”. Aquí vemos el
peso inspirador que tiene el pensamiento de Abensour en la trayectoria de Jordi
Riba. Pero también la presencia en ambos del imprescindible Claude Lefort. Pero
la “democracia salvaje” de Lefort se transforma en la “democracia insurgente”
de Abensour tomando como referencia una determinada lectura antiestatista de
Marx. Abensour insiste en el necesario
impulso utópico de la democracia: democratizar la utopía y utopizar la
democracia, nos sugiere. Y resulta aquí muy interesante la referencia a
Enmanuel Lévinas de que el elemento utópico debe ser siempre “lo humano”,
entendido como vínculo y como encuentro, tomando la amistad como referencia, no
desde un humanismo abstracto. Lo imprescindible es, en esta línea, despojar a
la utopía del elemento mitológico. La ilusión de la sociedad perfecta por
llegar. El mismo Lefort ya nos avisó que frente a la pérdida de la tradición se
abrían dos vías: la democrática y la totalitaria. Esta tierra firme imaginada
es la que ha creado los totalitarismos, que vienen a ser aquello contra lo que
Guyau nos prevenía: las religiones secularizadas. No, las creencias no sirven.
Hemos de movernos en lo incierto, en este movimiento que nos impulsa a la
emancipación colectiva. Hay que mantener el lugar vacío en el timón: en cuanto
lo ocupa alguien ya restituimos la figura de Otro que nos guía.
Pero los problemas
que aparecen son muchos y profundos. Jordi Riba, afortunadamente no pretende
tener la solución. No es esta la función de la filosofía, sino la de asumir el
riesgo, la de abrirnos nuevos horizontes para entender el mundo en que vivimos
y abrir caminos posibles, pero nunca seguros. Hablamos de una función crítica,
no normativa, de la filosofía. Si aceptamos el planteamiento de Abensour y de
Jordi Riba de una democracia sin Estado, entendiendo por esto último el aparato
burocrático (cuestión que, por mi parte, como defensor del Estado de derecho,
no acabo de compartir del todo), se presentan varias problemáticas:
1 ¿Cómo defender la comunidad política desde el
respeto a la individualidad?
2 ¿Cómo transformar el movimiento democrático en
institución para que pueda sostenerse sin caer un aparato estatal burocrático?
3 ¿Cuál es el papel de las leyes en esta institucionalización?
¿debe cristalizar en una Constitución? ¿Cómo garantizar su cumplimiento? ¿
¿Debemos
considerar la sociedad civil como la sociedad política?
En todo caso hay que recoger la herencia (como hacen Lefort
y Abensour) de Maquiavelo cuando plantea que las oligarquías (“los grandes”)
tienden siempre a establecer relaciones de dominio y el pueblo debe estar
siempre alerta para impedirlo. Me vienen aquí dos referentes complementarios,
que son las de Philippe Pettit, en su definición de la libertad como no-dominación
y Michel Foucault cuando reivindica los “derechos de los gobernados”. De todas maneras,
xlas referencia del libro son múltiples, aparate de los citados: Habermas,
Hanna Arendt, Merleau Ponty, Paul Ricoeur, Jacques Rancière, Alain Badiou, Pierre
Rosanvallon… Un problema es que al no ser un libro muy extenso las alusiones a
puntos sugerentes de estos pensadores no pueden ser desarrolladas.
En todo caso, un
libro muy interesante, como material de reflexión, sobre la apuesta democrática
emancipatoria. Un buen libro para pensar la política desde la filosofía, no
como algo de lo que deben ocuparse solo los políticos sino como algo que nos
incumbe a todos. Este es el primer presupuesto de la democracia, que como nos
decía Cornelius Castoriadis, no es un procedimiento formal sino una cultura.
domingo, 13 de diciembre de 2020
JUSTÍCIA POÉTICA : VICENTE SERRANO MARÍN
Reseña de
JUSTÍCIA
POÉTICA. Reflexiones marginales sobre derechos humanos, resentimiento y
populismo
Vicente Serrano Marín
Madrid:
Editorial La Oficina, 2019
Vicente Serrano Marín es un importante
filósofo español que tiene una producción muy interesante, entre las que
podemos destacar “La herida de Spinoza” (Premio Anagrama de Ensayo). El libro
que nos ocupa me parece de una gran densidad teórica, riguroso, claro y
arriesgado. Todas las cualidades para un ensayo filosófico, siempre teniendo en
cuenta que este carácter arriesgado le da el valor de ser un excelente material
que trabajar y no un documento al que adherirse.
El libro está dividido en ocho capítulos, cada
uno de los cuales merece una reflexión. El primero despliega lo que se va a
desarrollar en el resto del libro, pero avanzando ya alguna hipótesis. El
problema que aborda es, básicamente, la relación entre justicia, poder y
modernidad. Precisando más ¿Cómo abordar desde la modernidad la relación entre
justicia y poder? Porque para la modernidad la justicia no tiene detrás una
narración que la fundamenta desde un orden natural que legitima el poder. Por
el contrario, parece que el poder es el que necesita un discurso que lo
justifique, es decir que lo legitime como justo. Como dice Claude Lefort, en la democracia el
lugar del poder esta vacío y lo puede ocupar cualquiera, en el marco de una
sociedad plural. La cuestión es que quien quiere ocupar el poder debe construir
un relato que lo justifique. En la modernidad fueron los grandes relatos, que
precisamente entran en crisis en la modernidad.
Esto nos lleva al segundo capítulo, titulado
“Justicia y pueblo”, en el que aparece esta última noción como legitimadora. El
pueblo como base de la justicia, de acuerdo, pero ¿qué entendemos por “pueblo”?
La modernidad pierde, como sabemos, el
saber tradicional, ya que como decía Marx, con el capitalismo “todo lo sólido
se disuelve. Es la ilustración alemana la que quiere darle u contenido, que es
el de la recuperación de cada tradición cultural como fuente de sabiduría. Nace
el nacionalismo. La teoría del contrato social plantea un concepto cívico del
pueblo, como conjunto de individuos sin propiedades cualitativas. Pero necesita
también una idea de justicia para legitimar este contrato social. El pueblo, en
la modernidad, es una ficción que legitima un Estado de derecho. Como decía
Michel Foucault lo que hacemos es pasar del “pueblo” a la “población”, que es
un territorio en el que debe garantizarse la seguridad de sus ciudadanos,
convertidos en ciudadanos. Aparece también con Foucault el tema del poder
pastoral, que es la administración de las conductas bajo un discurso que
legitime el capitalismo.
Lo planteado anteriormente nos lleva al
problema de fondo, expuesto en el tercer capítulo, sobre los niveles de
justicia. Si consideramos que el nivel profundo es el que debe contener el
saber narrativo sobre la justicia, y el superficial las estructuras jurídicas,
entonces diremos que cuanto más invada el nivel superficial el espacio del
profundo, más autoritario será el sistema político. Volvemos entonces al
problema de legitimar lo justo en la sociedad moderna. Lo hace desde la
diferencia kantiana entre juicio determinante y juicio reflexionante. El juicio
determinante es el de la ciencia, que conceptualiza sobre la base de los
procesos naturales. Pero si en la modernidad la justicia no puede plantearse
como algo natural, tal como planteaba Aristóteles, entonces lo que hay en el
juicio es una creación conceptual. ¿Es un juicio estético basado en el
sentimiento, que imagina un ideal de justicia? Más bien la respuesta la
encontramos, sugiere el autor, en otra formulación kantiana, la del uso público
de la razón, como el espacio donde la noción de “pueblo” tiene sentido,
entendido como el debate público que define la justicia.
Continuamos con el capítulo que llama
“Decisión y justicia”. Aquí, Serrano Marín hace una afirmación muy interesante.
No es en la modernidad sino en el cristianismo donde se pierde este orden
natural que para los antiguos era el fundamento de la justicia. Porque aparece
el Dios soberano y omnipotente como creador de la justicia. Es una decisión de
este Sujeto al que llamamos Dios, que una vez “muerto” ( siguiendo la expresión
de Nietzsche) deja en manos del hombre el poder de decidir. No hay límites
naturales al ejercicio del poder, que depende de la decisión. De esta manera es
Carl Schmitt el que crea la ontología básica de la modernidad, basada en la
decisión. Incluso para el liberalismo y el socialismo que tanto criticaba. Y,
por supuesto, para el populismo. El problema queda abierto, ya que la
democracia, como decisión desde la mayoría y marco normativo, presupone una
idea de justicia.
Pasamos ahora a un título más enigmático:
“Voluntad de poder y resentimiento”. El núcleo de este apartado es la hipótesis
de que es un deseo sin límites el que configura el afecto dominante que es la
voluntad de poder, tal como han teorizado Hobbes, Nietzsche y el psicoanálisis.
Y esta voluntad de poder sin límites, este deseo sin finalidad que lo quiere
todo de manera absoluta conduce a una demanda imposible que lleva al
resentimiento. Su base material es, por supuesto, el capitalismo liberal que lo
promete todo. Enlaza con el capítulo
siguiente tiene un nombre provocador: “Kant, Sade y los derechos humanos”. Al deseo absoluto de Sade solo se le puede
contraponer el deber absoluto de Kant. Falta un proyecto de vida buena. ¿Qué
son los derechos humanos en este contexto?
Parece que son el contenido de la sabiduría que permite poner límites a
esta voluntad de poder en la que cada cual quiere satisfacer sus demandas y que
se articula en una noción de pueblo que se establece como una ficción jurídica
contra esta desmesura. Pero cuando a la noción de “pueblo” se le da un
contenido concreto con el que identificarse entonces este juicio reflexivo que
aparece con la razón común se pierde en una matriz emocional.
Pasamos ahora a “Hegemonía, liberalismo y
justicia”. La noción de “hegemonía” merece un detallado análisis y el uso que
le dan los teóricos del populismo de izquierda, Chantal Mouffe y Ernesto
Laclau, que la presentan como una formulación renovada de la tradición
emancipatoria. Pero podemos aprender con Michel Foucault que es un dispositivo
con ironía, que nos presenta una propuesta que en el fondo se mueve en el marco
del liberalismo y oculta su procedencia conduciéndonos además a lo que de bueno
tiene el liberalismo, que es la existencia de libertades individuales al
proclamarse “el pueblo” como el único legítimo para detentar el poder. Pero
este populismo cuenta además con un peligro añadido, que es la utilización de
las redes sociales y las dimensiones
discursivas de estas nuevas tecnologías.
El capítulo con el que concluye toda su
exposición, “la doble ironía del dispositivo” profundiza sobre el peligro de
este populismo apoyado en la tecnología digital que puede convertirse en el
nuevo totalitarismo. La hipótesis de Vicente Serrano es que, en la era de la
tecnología digital bajo la hegemonía del tejido discursivo del universo
virtual, la tecnología es inseparable del capitalismo como una contingencia
histórica y una realidad material a la que obedece este tejido. La ironía la
encontramos en el dispositivo que monta el populismo de izquierda, que apela a
la justicia vaciándolo de contenido y sustituyendo por el poder a través de un
espejismo emancipatorio. Las redes sociales son el campo abonado para cumplir
la doble ironía del dispositivo, de hacernos creer más libres cuanto más
manipulados estamos, o más diferentes contra más uniformados estamos. Ello crea
el caldo de cultivo del populismo, que nos impide pensar de manera adecuada lo
que es la justicia en las sociedades modernas.
Como he comentado al principio el ensayo es
interesante porque da que pensar sobre un tema imprescindible y no resuelto
para la filosofía ética y política moderna: ¿desde donde legitimar la justicia?.
Quizás el libro es demasiado ambicioso y trata demasiados temas, a veces nos
perdemos entre tantas cuestiones. Para da muchos materiales para pensar y el
hilo conductor de los derechos humanos como una fórmula adecuada de centrar el
tema de la justicia. Hay cuestiones que deberían matizarse, como la afirmación
de que el problema de la política en la democracia es como solucionar los
problemas comunes. Me parece que es, sobre todo, como garantizar los derechos
para todos. Discrepo en las consideraciones que hace del psicoanálisis
lacaniano, pero esto es un tema menor. Y falta, a mi modo de ver, incorporar
una concepción socialista renovada como la que hace, por ejemplo, Axel Honneth,
junto a la populista de Laclau o la liberal de Rawls. En todo caso mis
felicitaciones por un libro de alto nivel que merece ser leído y pensado.

