Luis Roca Jusmet
El hombre, según parece, es el único ser vivo consciente de su finitud,
es decir, de su muerte.
En el contexto dramático de la primera mitad
europea del siglo XX, Heidegger define al hombre como un
ser-para-la-muerte. De esta manera da una dimensión trágica a la
existencia humana. Otra de las obsesiones de Heidegger es la
temporalidad. Parece que la vida se convierte es un desgaste progresivo
que nos conduce a la nada. Un día más, nos dice cualquiera. No, un día
menos, diría quizás Heidegger. François Jullien, sinólogo y filósofo
francés, compara la visión del tiempo en Grecia-Europa y en China. ¿ Hay
que pensar el tiempo como entidad abstracta, se pregunta ? En China el
tiempo es el momento y el proceso, la duración de las cosas.
El momento
es el de la estación, de la situación, no un punto que se nos escapa.
Somos parte de un proceso global que está en creación permanente. El
tiempo somos nosotros y porque estamos vivos formamos parte de él. ¿
Porque considerar la vida como un camino, una travesía hacia la muerte ?
No hay ni principio ni final, solo continuidad y transformación. Nada
empieza, nada se acaba. Platón decía que la filosofía es aprender a
morir. Se puede entender de muchas maneras : preparar el alma para la
liberación del cuerpo o simplemente saber que la muerte no es un
problema, que no es nada. Epicuro decía: no morimos, ya que el yo se
diluye al morir. Spinoza decía también que el hombre libre no piensa en
la muerte, piensa en la vida. También el romanticismo elaborará una
estética de la muerte que aún hoy seduce a muchos.
He oído que Albert Camus dijo que el único problema filosófico era el suicidio : saber si la vida tiene sentido. Se equivoca. El suicidio no es un problema filosófico. Es un problema personal, pero que deriva del valor de la vida y no del sentido. La pregunta por el sentido no es necesaria para vivir, ni siquiera en los humanos. El valor de la vida puede ser inmediato : simplemente que el placer compense el dolor. Así de sencillo. Algunos nos preguntamos por el sentido pero hemos de inventarlo. Cioran decía que lo peor que puede pasarnos es haber nacido. La respuesta común es clara ¿ porque no se suicida ? Cioran decía que no era solución porque el mal ya estaba hecho y ni matándonos lo solucionamos. Decía también que lo único que le permitía seguir viviendo era la posibilidad del suicidio, saber que la vida es una condena. No me convence. La primera respuesta es un salirse por las ramas, la segunda demuestra que Cioran quiere vivir. Hay por tanto una cierta impostura en él. Con matices, porque la complejidad de sus ideas, de sus visiones no lo reducen a lo anterior. Pero Cioran, desde una postura afirmativa, es interesante por su radicalidad, por lo abismal de sus pensamientos. No es el nihilismo acomodaticio, superficial, del último hombre de Nietzsche. Ni siquiera del que se ha quedado sin Dios. En todo caso quien no se suicida lo hace o por miedo a la muerte ( que no parece ser su caso) o por el deseo de vivir. Quizás hay que añadir el indiferentismo espectral que describe Primo Levi en los campos de exterminios. Pura inercia. Tampoco es su caso. Hay de todas maneras excepciones, como el suicidio ritual de Mishima, difícil de entender, por lo menos en nuestro contexto cultural. Aunque en el caso de Mishima no queda claro si es la cultura del samurai o un narcisismo perverso el que le empuja al sepukku.
El hinduismo y el judiasmo han sido concepciones del mundo, culturas que han cohesionado una sociedad a través de la tradición. Una moral, una sociedad y una forma de vida formaban parte de la trama que las tejía. Aparecieron después las religiones de salvación, con un mensaje universal : el budismo, el cristianismo y el islamismo. Nietzsche tenía razón : el budismo es veraz mientras que el cristianismo y el islamismo nos engañan. El primero nos ofrece la salvación en este mundo renunciando al deseo, a la vida. El segundo y el tercero nos promoten un paraíso que nunca llegará. ¿ Como puede alguien, en una sociedad crítica como la nuestra, creerselo ? Me resulta asombroso.
Me confirma lo que decía Cornelius Castoriadis corrigiendo a Aristóteles : el hombre no busca la verdad busca la creencia. Quiere creer en algo y lo hace, contra viento y marea. Pascal decía que era un apuesta pero se equivocaba : la religión necesita convicción, necesita fe. No cree quien quiere sino quien puede. Pero mi ética de la verdad, mi amor a la vida en este mundo me impide lamentarme de no poder. Finalmente, como también nos decía Nietzsche, la religión expresa más la impotencia que la potencia del ser humano.
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