Escrito por Luis Roca Jusmet
Lacan
formula en un texto de sus Escritos llamado “Observación
sobre el informe de Daniel Lagache” una interesante diferencia (ya
anticipada en su primer seminario) entre el Ideal de Yo y el
Yo Ideal.
El primero tiene que ver con el sujeto y su función es servir de guía, de punto de referencia sobre el lugar que regula nuestra relación con los otros. Es el resultado de un proceso de interiorización, ya que es el Ideal el que hacemos nuestro y a partir de él adquirimos un lugar simbólico en el mundo y que posibilita una identidad social, en el campo del lenguaje y de la ley. El Yo ideal, en cambio, pertenece al registro imaginario y tiene que ver con una imagen idealizada de nuestro yo, aquella que proyectamos hacia los otros y a partir de la cual queremos reconocernos y ser reconocidos. Es la base de la vanidad y de la envidia en la medida en que éste último sentimiento implica un querer ser como el otro, a quién atribuimos lo que nos falta.
El primero tiene que ver con el sujeto y su función es servir de guía, de punto de referencia sobre el lugar que regula nuestra relación con los otros. Es el resultado de un proceso de interiorización, ya que es el Ideal el que hacemos nuestro y a partir de él adquirimos un lugar simbólico en el mundo y que posibilita una identidad social, en el campo del lenguaje y de la ley. El Yo ideal, en cambio, pertenece al registro imaginario y tiene que ver con una imagen idealizada de nuestro yo, aquella que proyectamos hacia los otros y a partir de la cual queremos reconocernos y ser reconocidos. Es la base de la vanidad y de la envidia en la medida en que éste último sentimiento implica un querer ser como el otro, a quién atribuimos lo que nos falta.
Los
registros del narcisismo, del enamoramiento y el de la psicología de
masas se basan en una identificación con una imagen idealizada
(sea de uno mismo, del objeto amado o del líder) y siempre es
tramposo, uno obstáculo en el campo del imaginario. En esta
idealización hay siempre una ilusión, un engaño que pretende que
somos tal como aparecemos a nuestra mirada o a la del otro. Nos
esclaviza en la medida en que estamos sujetos a la mirada del otro y
aquí sí que podemos recoger la lapidaria frase de Sartre de que el
infierno son los otros. Precisamente las
psicosis no declaradas pueden ser
compensadas por identificaciones
imaginarias absolutas, que son como una
especie de esparadrapo que tapa el agujero que tiene el psicótico
por ausencia de identificación
simbólica (El
Nombre del Padre.). En este caso el
sujeto permanece prisionero de la relación especular y su
identidad depende
totalmente de la identificación narcisista
con su Yo Ideal.
Es una identificación masiva, integral, absoluta (no de un rasgo
como la histeria) que nos lleva a una
identificación mimética con la imagen con la que nos identificamos,
que intentamos reproducir íntegramente. Hay una insuficiencia
estructural del Ideal del Yo,
que es el único que nos puede dar una consistencia y una identidad
permanente en la que anclarnos. Podemos recordar aquí la película
Zelig de
Woody Allen como la escenificación más gráfica de lo que es esta
compensación imaginaria
que lleva al sujeto a adaptarse totalmente a aquellos con los que
está, hasta el punto de una transformación física espontánea.
Muchas
de las reflexiones que plantea Richard Sennett, un sociólogo
contemporáneo muy interesante, me parecen totalmente complementarias
con estos análisis. Sennett se refiere a la personalidad como
un espejismo que resulta de un fenómeno social que empieza a
manifestarse a partir de la sociedad moderna y la aparición del
capitalismo. En este proceso la sociedad va perdiendo su carácter
público, valga decir simbólico, para se ir trasladándose
progresivamente hacia lo privado, que es el del dominio propio del
narcisismo.. Richard Sennett ha insistido mucho en sus primeros
escritos sobre el carácter mortífero de este narcisismo
contemporáneo, que considera que por su dimensión masiva es
específico de la cultura moderna. En escritos posteriores ha
teorizado a partir de aquí sobre lo que él llama la corrosión
del carácter, que se da en la mal llamada sociedad del
riesgo y que es en realidad la sociedad la de la
inconsistencia del tardocapitalismo globalizador. Esta identidad
simbólica tal como la entiende Sennett a partir del carácter se
forja sobre todo en las sociedades tradicionales, donde los papeles
están claramente determinados y establecen un vínculo social basado
en la función, el compromiso y la lealtad. La personalidad se
basa en la relación con uno mismo pero a través del otro, que es
quien finalmente nos reconoce y a merced de cuya imagen estamos. No
podemos soportar la degradación de esta imagen porque nos
identificamos totalmente con ella. El carácter, en cambio, se
estructura como algo sólido que tiene consistencia propia. Es el
Ideal como encarnación de la Ley, el que lo sostiene. El esfuerzo,
la constancia, la autodisciplina adquieren un valor ético que nos
hace responsables de nuestra vida pero dentro de la comunidad.
Consiste en tener una serie de propiedades que se identifican con
roles sociales bien delimitados: ser hombre o ser mujer, ser padre o
ser madre, ser médico o ser conserje. En la sociedad postmoderna
se va constituyendo una subjetividad que hemos de inventarnos para
darnos una identidad propia que cada cual ha de crear. Richard
Sennett es muy certero en los dardos que tira contra esta
personalidad narcisista pero hay en su planteamiento una
posible idealización de la comunidad y la tradición. Aunque no es
el caso de Sennett, que centra muy correctamente los lazos sociales
en lo simbólico a través de su idea de carácter, puede
haber una deriva comunitarista como la que nos conduce al
nacionalismo moderno. Éste no podemos dejar de considerarlo como una
ilusión identitaria basado en una identificación imaginario y no
en un lazo simbólico real. Así los ideólogos nacionalistas se
inventar una historia imaginaria con la que identificarse y
de la que autores como el filósofo y economista indio Amartya Sen
nos ofrece una potente lectura crítica cuando nos avisa que
cualquier identidad comunitaria se basa en la identificación total
con un rasgo parcial y esto conduce en muchos casos al sectarismo y a
la violencia.
Fijémonos
en el paralelismo que podemos establecer entre el Yo ideal
(imaginario)/ Ideal de Yo (simbólico) que plantea Jacques Lacan
y la Personalidad/Carácter que plantea Sennett. El Yo
ideal/ Personalidad tiene en ambos un carácter narcisista y
busca el reconocimiento en la mirada del otro . El Ideal de
Yo/ Carácter es normativo y busca el reconocimiento en el Ideal,
en la Ley, en el Otro simbólico. La primera es una identidad
imaginaria y la segunda una identidad simbólica.
Un
sociólogo complementario de Sennett es el gran Zygmunt Bauman, que
también ha trabajado el tema de la identidad. Para Baumann la idea
de identidad surge de la crisis de la idea de pertenencia i del
esfuerzo por llenar este vacío. El sentimiento de pertenencia sería
la consecuencia de la identidad que surge de forman parten de un
orden simbólico. El anhelo de identidad surge del deseo de seguridad
personal y en la modernidad líquida la identidad simbólica, que es
la única que puede ofrecerla, cada vez está más diluida. La
identidad hoy es más algo que tiene que ser inventado que no
descubierto. Y crea angustia.Es decir que lo que hemos llamado
identidad simbólica es la que nos proporciona una
identidad social. Pero la pregunta es la de si queda una
identidad singular más allà de esta identidad simbólica que no sea
el espejismo de la identidad imaginaria.
La
diferencia entre Sennett y Lacan está en que si el primero es un
incondicional defensor del carácter, que se corresponde con
lo que hemos llamado la identidad simbólica el segundo acaba
cuestionando el carácter completo de este registro porque considera
que siempre hay una falta y que a partir de ella se genera lo
más propio y genuino de cada cual, que es lo que llama el objeto
a. Aunque no sepamos exactamente de lo que habla Lacan cuando
utiliza este término, si lo podemos recoger en la medida que plantea
el enigma de la falta y que aquí es donde podemos encontrar
lo más singular de cada sujeto. Para Lacan el imaginario
significa que a través de la imagen queremos tapar nuestra escisión
como sujetos divididos (por una parte la que corresponde al yo y
por otra la que corresponde al inconsciente) y lo simbólico,
en cambio, podemos entenderlo también como otra ilusión, en la
medida en que niega esta escisión, pero también la condición que
posibilita que la aceptemos; puesto que nos permite explicarla y si
no lo hacemos volvemos a caer en la trampa del imaginario.
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